Que el fútbol, desde hace muchísimo tiempo a esta parte, es un negocio más que un deporte, es algo que, por sabido, ni se subraya, pero ya ha llegado el punto en que la FIFA, convertida en multinacional del chalaneo, se ha pasado de la raya y ha dejado ver desnudamente su plumero para que el negocio no disminuya sus beneficios y convenga más un tercer mundo por esquilmar a otros primer y segundo mundos que también fueron en ocasiones saqueados y en otras tantas beneficiados. Hasta hace poco, al Mundial iban los favoritos de casi siempre y el resto era pura comparsa, figurantes que jamás tendrían el papel de protagonista porque no ofrecían dividendos seguros.
Pero hete aquí que ese potencial de afición y que el olor del dinero ha sido avistado por los que manejan el cotarro y lo quieren convertir en Eldorado de un siglo que, para no ser menos, está despertando con tanta rapidez como facilidades para engañosamente encumbrarlo a cotas que ni soñadas para engatuzarlos en el tinglado y que inviertan en él su ilusión de creerse posibles ganadores y, por supuesto, moneda en cantidad suficiente como para que le haga un hueco, como sea, en el club selecto y privado de los mejores.
Mientras la FIFA tenga el control de los partidos en manos de árbitros teledirigidos o simplemente comprados, es muy difícil que el negocio no prospere y hasta que salgan bien, en los naipes marcados, hasta los faroles. Ya se sabe que, si se quiere erradicar esta política trincona y desvergonzada, se puede. Pero no habría negocio. Y hasta ahí podíamos llegar.
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