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La grey a oscuras

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En una parroquia sevillana, durante la abarrotada misa vespertina del domingo, un cura pidió perdón a los fieles por la confusión que viene sembrando la Iglesia en torno a problemas de actualidad en cuyo análisis en absoluto es infalible. Quienes me han contado la homilía aseguran que el joven preste se encontraba francamente atribulado. En todo caso le honra ese gesto de honestidad intelectual, porque quien tiene la potestad de administrar el perdón se enaltece a sí mismo al solicitarlo en nombre de una organización poco habituada a la autocrítica. Ese sacerdote está en el mundo con los ojos abiertos, y ha visto el desconcierto que en la feligresía causan unos obispos que de repente se han lanzado a la palestra de la opinión pública con el fragor de un puñado de tertulianos. Y con idéntica subjetividad.

No seré yo quien critique a los obispos por decir en voz alta lo que piensan en el uso legítimo de su libertad de expresión. Pero si quieren comportarse como ciudadanos normales, han de saber que su opinión está sometida al mismo debate que la de cualquiera. Si van a hablar como la calle, fuera las sotanas y los magisterios: conciencia contra conciencia. Lo que no vale es invocar la doctrina para dar mítines.

La influencia de la Iglesia española es bastante potente en materia política y social, aunque en cuestiones morales los católicos somos propensos a acogernos al libre albedrío que nos concede el más tolerante de los monoteísmos. Lo que pasa es que cuando uno se mete en los charcos de la política no se puede quejar por las salpicaduras, y la jerarquía católica se ha embarrado hasta las cejas en un momento especialmente delicado porque el ruido social exige cierta fineza de matices.

Si los obispos quieren, como monseñor Amigo, defender la huelga u oponerse, como los vascos, a la ilegalización de Batasuna, nadie puede despojarles del derecho a decirlo en voz alta. Pero alguien les puede recordar que ese Gobierno al que critican es el mismo que va a imponer las clases de religión (católica) en un evidente ejercicio de confesionalidad que choca contra el laicismo expreso de la Constitución, sin que se haya ha oído a ningún prelado quejarse ecuménicamente de la posible postergación de otros credos. Y las mismas mitras que solicitan generosidad en la acogida a los inmigrantes guardan silencio cuando se plantea el debate multicultural de la educación de esas minorías según sus propias creencias. Esos obispos vascos que dicen sostener el criterio de la mayoría de la sociedad a la que representan cuando critican la Ley de Partidos Políticos, ¿no han preguntado a sus fieles qué piensan sobre las relaciones extramatrimoniales, la homosexualidad o los métodos anticonceptivos?

Al opinar sobre materia opinable, la Iglesia no peca de atrevimiento, sino de inconsecuencia. El desconcierto de la grey surge de la incongruencia de los pastores. Monseñor Amigo critica las vallas de la cumbre y aprueba las de la Semana Santa. Los curas del Norte ofician funerales por las víctimas del terror y se manifiestan del brazo de los cómplices de sus asesinos. Algunas diócesis pasan el cepillo para fundar comedores de caridad e invierten los excedentes en Privanza y Gescartera. La jerarquía condena la teología de la liberación pero bendice la teología de la financiación. Reclama libertad para opinar y excomulga a los que interpretan por libre la doctrina. Le hace a Aznar más oposición que Zapatero, pero le pide una enseñanza confesional y le saca dinero para restaurar los templos. Eso es la ley del embudo, la ceremonia de la confusión, un juego ventajista en el que cuando se pierde se invoca el respeto a sagrado.

Si hay que hablar de política, hablemos todos, pero que nadie invoque en su favor la luz de Cristo, porque todos estamos a oscuras. Quizá el curita sevillano que pedía perdón en misa sólo estaba asustado por la intensidad del apagón.

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