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De hormigas y valores

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Un destacamento de marciales hormigas carga con un trozo de pan y se dirigen, esforzadas y presurosas, hacia la entrada, un tanto angosta, del hormiguero en el que pretenden confinar, a buen recaudo, la hermosa miga de pan de molde. ¿Han visto para qué da el sosiego de la contemplación cuando la fresca placidez de las tardes es un aviso temprano de las entretelas peculiares del otoño? Pero no pretendo ocuparme de las ordenadas maneras de organizarse que tienen las hormigas, o las abejas, a no ser que de ello resulte alguna aplicación interesante para el estudio de los valores. Precisamente a éstos se refiere una Encuesta Mundial de Valores, que recoge opiniones de una muestra del 80 por ciento de los habitantes del mundo. Es verdad que la validez de las encuestas suele sostenerse en los arcanos de la estadística, por más que la fiabilidad de los resultados se resienta con las caprichosas contradicciones de los que responden; sin embargo, en este caso, ante la magnitud de la muestra, repartida entre los cinco continentes, conviene tomarse en serio sus conclusiones más relevantes, aunque nos dé por compararlas con los comportamientos de las hormigas. Ahí va la primera: los valores tradicionales cada vez aglutinan menos a las sociedades, que se encuentran más cómodas promocionando otras alternativas. Esto es, la autoridad o la motivación cotizan poco en el parqué de los valores, sociales en este caso, y las plusvalías más crecidas resultan de la pujante especulación del individualismo, de la calidad de vida o de la tolerancia. Interesa destacar, por tanto, la caída en picado de valores como la motivación, esa disposición del ánimo para afrontar diligentemente diversos retos, que se estimula tanto con recompensas "externas" y materiales, como con las más provechosas energías «internas» de las personas. Algo tendrá que ver con esto, ¿no les parece?, la nefasta ejemplaridad del «pelotazo» para alcanzar las inestables cimas del éxito fácil, o la alergia al esfuerzo y al tesón como sustentos sólidos de los mejores logros. Pero hay más: aunque la «globalización», además de económica, también lo es cultural, subsiste la insuperable diferencia de clases; esto es, las élites mundiales comparten una uniformidad cada vez mayor en su desenvolvimiento social, en tanto que se incrementan las diferencias entre los grupos de población con más desventajas. Mientras leo el periódico, las hormigas, motivadas por el reclamo de la despensa, están deshaciendo el trozo de pan para que les quepa por la angostura del hormiguero; todas van a una en este empeño que, si acaso, reúne al individualismo en la consistente empresa de lo común; y, por si no fuera bastante, los zánganos es posible que no lleguen a saborear la doméstica intimidad del invierno.

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