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Justos por pecadores

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Estuve el pasado viernes en Cádiz. Mientras tomaba un refresco en un bar típico observé con atención a un hombre que sentado en un pequeño taburete, limpiaba los zapatos a un cliente. Me quedé pensativo entre sorprendido y cuestionado, ¿pero todavía «sobrevive» este oficio?

Mi sorpresa no era tanto el oficio en sí como la actitud, vestimenta, lenguaje y «vehemencia» de su ejecutor, cuyo oficio, en otro tiempo, resultaba ser degradante para muchos y cuya postura ante el cliente resultaba algo así como «humillante».

El susodicho se veía alegre, dicharachero, conversador, ejerciendo su trabajo y seguramente orgulloso del rótulo que llevaba grabado en el mono y que decía «limpiabotas de Cádiz». Su oficio lo llevaba a ras de suelo, más su cabeza la llevaba bien alta. «No es fácil amar lo que uno hace, pero cuando lo consigues, el desencanto encuentra el camino del entusiasmo y la vida se llena de otra manera». Seguramente el limpiabotas veía en el cliente el sustento de sí mismo y su familia. Además la satisfacción del trabajo bien hecho.

Michael Kelly, de cuarenta y dos años, fue arrestado como vagabundo en Wimblendon (Inglaterra). Ante el juez instructor, Kelly se explica: «Mire usted, señor juez, en mis cuarenta y dos años de vida he trabajado dos días, pero aquellos dos días me bastaron para convencerme de que no estoy hecho para ese rollo...»

¿Cómo se llama eso: sinceridad o cara dura? Apliquen esto a la Reforma por el Empleo y reflexionen, pero en cualquier caso siempre habrá justos que paguen por pecadores, y «colectivos elegidos democráticamente» que los protejan o al menos no los denuncien.

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