Es una mujer de noventa y seis años, luchadora y alegre cuyo estado físico y mental asombra a cuantos la conocen. Es uno de esos seres entrañables que parecen venir de otra época pero que permanecen en la actualidad perfectamente adaptados, como catedrales humanas cargadas de historia y de difíciles y duras vivencias.
Las anécdotas que se cuentan de ella son tan numerosas como sorprendentes, y hasta heroicas. Hace dos o tres inviernos un día de fuertes lluvias se anegaron las calles de su barrio y corrió a casa de una amiga suya, diez o quince años más joven, y la ayudó a salir de su casa. El hecho más reciente es que hace unas fechas iba con su familia en coche hacia Sevilla en el asiento delantero del acompañante. Un pequeño accidente obligó al conductor a frenar bruscamente y doña María se fracturó una costilla y sufrió un ligero golpe en la cabeza. Cuando la reconocieron los médicos, temiendo que el golpe pudiera haberle ocasionado algún tipo de secuela cerebral, comenzaron a hacerle las preguntas habituales: nombre, edad, de dónde era y cuántos hijos tenía. «Tengo nueve hijos, treinta y cuatro nietos, sesenta y dos bisnietos, cinco tataranietos y otro que viene de camino». Cuando los médicos escucharon aquello le dijeron a una de sus nietas que convenía dejarla en observación porque parece que... bueno, que no... regía bien. «Mi abuela rige muy bien, doctor, todo lo que ha dicho es absolutamente cierto». De doña María se podría escribir una gran novela histórica llena de alegrías y desgracias, de amores y desamores, de lucha y esperanza, de duros y complejos acontecimientos, una gran novela sencilla y humana al mismo tiempo, como la vida misma.