He ido a un Banco para abrir una libreta de ahorro y, siguiendo mi costumbre de leer cualquier contrato antes de firmarlo, he prestado atención a su contenido. Mi mujer, con la que llevo casado cincuenta y cuatro años y medio (¡y que el Señor los aumente!), figuraba en el contrato como soltero: así, en masculino.
Como no acepto que mi matrimonio se confunda con ese engendro de pareja de hecho, he exigido que se rectificase el contrato. La rectificación me ha dejado perplejo: ahora aparecía como casado y como jubilado: de nuevo el género masculino. El amable empleado me ha explicado que ya no se podían hacer más correcciones, porque no las admitía el programa.
He llegado a la conclusión de que, tal vez, por el quebranto que el banco está sufriendo en Argentina, carece de liquidez para pagarle a un programador un nuevo programa informático que permita que a cada persona se le adjudique el estado civil y situación laboral en el género gramatical que le corresponde por su propia naturaleza y exige la lengua española.
Rechazo la mostruosidad de «jóvenes y jóvenas», pero también el machismo -la «nostalgia de la caverna», que diría Aznar- de las épocas en las que las mujeres no abrían cuentas corrientes en las entidades financieras. Ni tanto, ni tan calvo.