El poder absoluto ofrece a quien lo ostenta la posibilidad de manejar a su antojo ciertos mecanismos de autoridad, y uno de ellos es la apariencia de dominar los tiempos de la política. Así parece entenderlo el presidente Aznar, que desde que se encaramó en la cómoda mayoría de su segundo mandato muestra una acusada tendencia a considerarse a sí mismo el dueño del único reloj capaz de marcar la hora en la escena pública española. Eso conduce a un cierto quietismo que hasta ahora ha provocado más bien la sensación de que el Gobierno atraviesa un momento de agotamiento de ideas, pero que a Aznar debe de provocarle el regusto íntimo de quien se sabe —o se cree— en posesión de los secretos del tiempo político. Más o menos, es como si una orquesta hubiese de tocar una sinfonía cuya única partitura estuviera en el atril del director.
En el asunto de su propia sucesión, el presidente se ha reservado para sí el control absoluto de la agenda, paladeando en exclusiva el «tempo» del proceso con una visible satisfacción autoritaria. Descartado cualquier atisbo de imprevisibilidad, y mucho más cualquier maniobra de apertura democrática interna al estilo de unas primarias, el líder del PP mueve sus piezas al compás que desea para acentuar ante sus propias huestes el carácter indiscutible de su liderazgo. Aznar se parapeta en la necesidad estratégica de no dar bazas al adversario —un PSOE cuyo líder ha de batirse con el fantasma de un candidato que desconoce— para reforzar ante los suyos la idea de que, sea quien sea el «ungido» con la túnica sucesoria, él va a seguir llevando la manija y guardando en su bolsillo la llave del poder. De vez en cuando destila una gotita de certeza con la que despejar poco a poco el camino que conduce a lo que, probablemente, sea un secreto a voces cuya única incertidumbre resida en la elección del momento para proclamarlo.
Así, los presuntos candidatos van quedando diezmados mediante esporádicas revelaciones en el más puro estilo de los «diez negritos» de Agatha Christie. Primero fue Gallardón el que recibió la estocada, previa filtración de que Moncloa —teóricamente Genova, pero en fin— reducía al Gobierno de la nación la promesa de autolimitación de mandatos. Aznar emitió así la doctrina de que sólo él se reservaba a sí mismo el privilegio de la renovación, para evitar que la carrera sucesoria provocase un efecto dominó en sus filas. El primer «negrito» cayó justo cuando Felipe González le hacía el «favor» de distinguirlo con sus admiraciones. Ahora le ha tocado el turno a Zaplana, «invitado» por el partido a continuar su exitosa tarea al frente de una Comunidad Valenciana que parecía habérsele quedado pequeña. No es casualidad que ambos presidentes autonómicos hubiesen efectuado maniobras de tanteo de sus posibilidades. Ahora ya saben el resultado.
La imprevisibilidad de la esfinge presidencial apunta a que los demás «negritos» van a permanecer impávidos a la espera de que los designios superiores les vayan marcando el camino. El famoso «Rodrigo no quiere» que se extendió hace unos meses en torno al principal delfín, el vicepresidente Rato, ha sido sustituido por el ambiguo «Rodrigo sabrá lo que tiene que hacer» emitido por boca de Ana Botella en el significativo contexto de la presentación de un libro de cuentos. Mayor Oreja, el más valorado en las encuestas, recibió tras el naufragio del desembarco vasco un explícito respaldo destinado a mantenerlo nominalmente en la carrera.
El resto espera haciéndose la estatua. Rajoy hace de gallego en mitad de la escalera. Arenas teme una orden que lo reenvíe a Andalucía para disputarle a Chaves la eterna hegemonía en el granero socialista. Rudi procura arbitrajes caseros que le acumulen méritos desde la presidencia del Congreso. Y los demás, si es que hay alguno, vivaquean a la espera del «dedazo» a la mexicana. Que aún tardará. Pero la vieja frase de Alfonso Guerra —«el que se mueva no sale en la foto»— ha cobrado de repente inesperada vigencia.
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