En los ciclos de plenilunio, las costas del Estrecho se agitan de madrugada con el pulso trémulo de lo clandestino. Sombras que se deslizan en las playas marroquíes de Punta Zires y alrededores, tráfago nervioso de dinero y personas, frágiles embarcaciones que buscan la complicidad oscura de un mar apenas iluminado por haces de plata. A este lado, en Tarifa, trabajan los radares y los visores de infrarrojos que «peinan» la costa en busca de cualquier movimiento en «la acera de enfrente».
Siempre es igual; la escena se repite con la precisión de un rito. Al alba, hacia las seis, las «pateras» embocan la costa española. Es el momento crucial en que los clandestinos, los «sin papeles», se juegan la existencia a una carta aletoria del destino. Si sale cruz, la leve embarcación volcará y sus ocupantes se verán abocados a la tragedia del naufragio. Si sale cara, la blanca arena tarifeña será la pista de una loca, desesperada, vertiginosa carrera hacia lo desconocido.
Para los subsaharianos, con cuyos países no rige tratado de repatriación, la consigna es dejarse atrapar. Del otro lado de las rocas y los matojos surgirán las sombras verdes de la Guardia Civil, agentes peritos en lunas que emprenderán con sus linternas la búsqueda rutinaria de los espaldas mojadas. Luego será el momento de los voluntarios de acogida, las mantas de Cruz Roja sobre las negras pieles empapadas de los recién llegados, el trámite cansino de la declaración y al fin, la puesta en libertad con un papel en el bolsillo que los declara oficialmente sin derechos, sin documentación y, a veces, hasta sin nombre.
Entonces empieza otra historia. La que conduce a los tórridos invernaderos de Almería, a los cobertizos de los campos freseros de Huelva, a los clubes de alterne de las carreteras de Levante, a los semáforos de Sevilla o Madrid. O, a veces, como ahora, a las iglesias y despachos donde retumba la protesta de los nuevos parias de la tierra.