Las víctimas andaluzas del terrorismo etarra no han sido pocas aunque pocos las recuerden; no me refiero a los políticos, que a ellos sí nos los recuerdan, sino a los militares, guardias civiles y policías brutalmente asesinados en un tiempo en que sus muertes eran una especie de tributo que debíamos pagar para aplacar las iras de una raza superior eternamente agraviada. Fue un tiempo en que sin apenas oraciones ni funerales, los cadáveres de las víctimas eran remitidos a sus pueblos de forma vergonzante, como si ellos fuesen los asesinos y no los asesinados; un tiempo en que sus familiares carecieron de una palabra de consuelo de los nacionalistas vascos, acostumbrados a administrar el silencio, la ambigüedad y la indiferencia ante la muerte de ciudadanos no vascos. ¿Quién se acuerda ya de aquellas víctimas salvo sus familiares y amigos? No sé qué sucederá en los corazones de sus padres, de sus esposas, de sus hijos, cuando llegan las fiestas de su ciudad. No sé si les quedarán ganas de divertirse o si se sienten culpables por intentarlo.
Entre las fotos publicadas de los ilustres visitantes que vinieron a la pasada feria de Sevilla, aparecía la de un señor paseándose plácidamente en coche de caballos y asistiendo a los toros en la Maestranza. Se trataba de José Antonio Ardanza, preboste del PNV y lehendakari del Gobierno vasco en los terribles días de Ermua. Después de comprarse una buena casa en Marbella, parece que también ha descubierto la feria de abril. Es lo bueno que tienen las razas superiores: pese a lo mucho que padecen al ver sus calles manchadas con sangre de un Rh contaminado, son capaces de perdonarnos y disfrutar en este rincón del oprobioso Estado español.