Son estos, estábamos avisados, malos tiempos para la lírica, la ensoñación, el intimismo y la nostalgia en general. Soplan recios vientos de despersonalización, de masificación y adocenamiento, de intentar sobresalir de la mediocridad ambiente al precio que sea, de tratar de descollar a base de aparentar y de hacer lo que sea con tal de encandilar al prójimo. Tiempos de fachadas, no de interiores; de artificiosidad, no de sentimiento, de parecer, no de ser.
La masa informe, la bulla más amorfa, la multitud, la uniformidad de hábitos, usos y costumbres, esa búsqueda sistemática de la masa para disolverse en ella está aniquilando a la persona, a ese ser sensible y pensante que todos, se supone, llevamos dentro y, nos está convirtiendo en vacíos porcentajes para las encuestas más impensables, en mera carne de estadística. Ha pasado ya en las ciudades, donde no se han respetado ni las más señeras tradiciones y celebraciones y, lo que es peor, si cabe, desde hace años andamos exportando estos comportamientos dondequiera que vamos. Incluso en verano nos lo llevamos en la maleta como quien se lleva el traje de baño o la crema protectora factor 20.
Descansar en verano se ha convertido en un imposible, en un absurdo espejismo, en un sueño inalcanzable. Vamos a veranear, cada vez más, con la ciudad a cuestas, nos llevamos puestos nuestros ruidos y estridencias, nuestros coches carísimos y velocísimos que lo colapsan todo, nuestros vicios y deplorables carencias de urbanitas. Y vamos en masa, a mogollón, como una horda que no deja tras de sí sino inmundicias.
Es inútil, de ilusos, tratar de reencontrarse con la larga y solitaria playa de nuestra niñez, con el mar que acunó nuestros primeros amoríos. Ahora todo es hormigón en primera línea, urbanizaciones de apartamentos que arrasaron las antiguas arenas, las dunas más caprichosas. Y en el pueblo, allá en la sierra, donde los veraneantes eran como de la familia, han construido aparatosos hoteles pretenciosa y pretendidamente rurales y las laderas de los cerros han perdido para siempre su verdor para convertirse en refulgentes grupúsculos de adosados enjalbegados que atraen cada vez más y gente.
En las playas y en los pueblos de la sierra, se han hecho cosas, muchas cosas, y se han hecho, se han dejado hacer, sin la más mínima previsión, sin pararse a pensar las consecuencias por parte de una autoridades empeñadas en vender Andalucía como un paraíso natural y sus pueblos más entrañables, su inmenso litoral, como suelo urbanizable por las bravas, a despecho de cualquier regulación legal.
Tanto han dejado hacer que lo mismo cuando quieran reaccionar, si alguna vez quieren, se encuentran con que ya es demasiado, definitivamente tarde. Y si no reaccionan no es, desde luego, por falta de medios, de fondos y de personal, porque sabiendo que se traían entre manos la gallina de los huevos de oro, todas y cada una de las instituciones se ha dotado de uno o varios departamentos, delegaciones, patronatos o empresas relacionados con el turismo y cuya finalidad teórica es la correcta gestión de nuestros innúmeros recursos. A la vista están los resultados de tan rutilante y coordinada gestión de recursos.
Los antiguos paraísos se han perdido para siempre y las cosas ya muy difícilmente volverán siquiera a parecerse remotamente a lo que un día fueron porque los que tenían que haberlo evitado no lo han hecho. Ahora, habrá incluso quien diga que esto son nostalgias absurdas, que lo que ha pasado es algo natural y consustancial al progreso y a la sociedad del bienestar de la que tanto hablan. Puede. Pero en buena medida, ha sido también consecuencia de la incuria y la autocomplacencia de la administración.