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Pepe y Mohamed

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Parte del bienestar de cualquier hijo de vecino está condicionada por el talante de la vecindad. No es lo mismo compartir la escalera con alguien capaz de ceder el paso que con alguien en posesión del derecho a avasallar; no es lo mismo compartir espacios con quien globaliza la tolerancia que con quien minimiza el respeto a lo ajeno o comunal. El gozo privado del hogar, dulce holgar depende muchas veces del acopio de dulzura del residente al que nuestro techo sirve de suelo, o viceversa...«Vivir es convivir», como sostenía María Zambrano.

Hay un vecino que no nos deja convivir, que nos fastidia el vivir, sin que la cansina espiral histórica común de un encuentro (Al Andalus) y mil desencuentros (desde Boabdil a Perejil) se rompa y dé paso a nuevos fondos y nuevas formas. Los marroquíes y los españoles empezamos el siglo XXI como empezamos el XX: a la gresca. Qué cruz, qué cruz, qué media luna, qué media luna...

Ante un vecino pendenciero, quisquilloso y mal educado, cualquier hijo de vecino puede acudir al juzgado de guardia o mudarse a un pareado, puede cambiar de nacionalidad urbana tan libremente como resista su hipoteca...Pero si el vecino es un Estado y ese Estado se parece al nuestro como un huevo a una castaña, vivir se puede llegar a convertir en la condena de convivir.

Es una pena histórica, casi inconsolable ya, el interés de Marruecos en agriar el buen sabor que Al Andalus nos dejó, cuando ser moro era ser andaluz y cuando un español se podía llamar lo mismo Pepe que Mohamed...Se murieron Franco, Hassan y el abuelo que nos contó el Desastre de Annual; se murieron los perros y las memorias inmediatas, pero la rabia, a lo que se ve, sigue en el mismo punto en la que la dejaron Abd el-Krim y Primo de Rivera. Marruecos quiere que así sea, no se quiere enterar de que en España ya no hay primos de rivera como entonces, otra cosa es que Marruecos necesite muchos abd el-krim para tapar sus vergüenzas sociales o para poner en bandeja a los francesas los tesoros de la tierra saharaui...

Es Mohamed quien olvida que un día él se llamó Pepe...y no sólo al revés. El aumento de la xenofobia en España ha sido proporcional a las humillaciones y desdenes con el que el gobierno marroquí nos ha agasajado en los últimos tiempos. Siempre hemos cedido en nombre de la sacrosanta buena vecindad, cedimos el paso en la escalera de la pesca y de los tomates y ahora quieren sisarle el perejil al derecho internacional...

Con todo, lo peor de este vecino es que ahonde la brecha intolerante que hoy resume la convivencia de moros y cristianos. Nuestro territorio es la oficina del Inem marroquí, la cola a la que acuden sus ciudadanos agobiados por la miseria, la autopista que pisan sus inmigrantes desagobiados por las migajas de un sueldo cristiano, pero, sobre todo, nuestro territorio es el primer trozo de Europa que mira y es mirado por un país islámico desde que Mahoma se puso el turbante...Mira y es mirado desde la experiencia de siglos de guerras, sí, pero también de alhambras refinadas y elegantes alminares. Pocos países presentan tantas credenciales de mestizaje. Más allá de las piedras inertes, alumbraron el pensamiento occidental y hoy salpican hasta la viveza de nuestro idioma...

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Qué pena que Mohamed, hoy como ayer, convierta el roce de la proximidad en apocalipsis bélica, mientras Pepe a su vera, siempre a la verita suya, hartito de peces, tomate y perejil, tenga que gritar como un Centeno cualquiera (diputado de la frase xenófoba) aquello de «los moros a Marruecos, que es donde tienen que estar». Qué pena que Mohamed haya obligado a Pepe a convertir en acción un pensamiento tan humanamente obsceno y de tan probada inutilidad política...No tiene perdón del Alá de Al Andalus; del de ahora (nada que ver con el de antes: rechace imitaciones) se espera cualquier cosa....

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