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Postres a elegir

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Coincido con un amigo comensal -bueno, comensal no es, porque el pobre es hipertenso y no puede tomar sal- en que la elección del postre en un restaurante provoca uno de los instantes más enojosos de una opípara comida. A mí, al menos, la apresurada lectura de la lista de postres y de la carta de helados me produce una serie incontenible de indecisiones.

Así, al recorrer la vista por el surtido de tartas de frutas uno va pensado, sucesivamente, en que cuando mondamos un melocotón y nos sale un gusano, vemos aparecer un talgo en miniatura por un diminuto túnel. O que las guindas escarchadas son cerezas vestidas en traje de domingo. Quizás, también, que el cabello de ángel está a la última moda de la cosmética, pues parece usar un champú de reflejos verde-gris. No en balde, la digestión del cabello de ángel debe de producir sueños beatíficos.

Los ricos alardes de repostería son fecundos en sugerencias surrealistas. Así la «natilla de vainilla» es un postre que tiene eco. Y los libros de repostería deberían tener «milhojas». Como no hay duda de que un plato de arroz con leche es un grotesco remedo de la luna.

¿No se ha hecho usted la pregunta de... con qué detergentes blanquearán el azúcar de terrón? En lo que sí coincidirá conmigo es que el papel de plata es el abrigo de visón de los bombones. Y, ¿por qué no?, que deberían fabricarse cosméticos para suprimir las arrugas de las pasas. Igualmente, las Evas elegantes de hoy no seducen a sus Adanes con una manzana, sino con macedonia de frutas tropicales regada con kirch.

El café con leche es la bebida integrista por excelencia. Ningún xenófobo radical fanático se atrevería a mezclar café con leche y, menos aún, ingerir el mulato resultado.

Pues mi amigo el comensal antes citado, tras apurar la jícara de café, se sacó un frasquito del bolsillo, echó un polvo blanco sobre la palma de la mano y se la llevó a la boca, como una bofetada, tragándose el contenido.

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Era uno de los pocos que siguen finalizando una copiosa comida con bicarbonato. Me explicó, en su defensa, que así se preparaba para digerir mejor ciertos telefilmes, la lectura de algunos libros, más de una pedante conferencia y hasta tantas y tantas promesas de políticos que no se pueden digerir de otra forma.

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