Los Idígoras son una extensa y entrañable familia propietaria de una prestigiosa tienda de ropa en la calle Sierpes, en pleno corazón de la ciudad. A los Idígoras tengo el privilegio de conocerlos desde hace más de 25 años por uno de sus miembros, «Pablito» (tendrá ese apelativo toda la vida independientemente de su edad), todo un personaje que merecería una columna aparte.
Los Idígoras son gente emprendedora que aman Sevilla por encima de todas las cosas y que han conseguido situar su centenario negocio familiar como todo un referente de los comercios del sector gracias a su esfuerzo y buen hacer.
Esta semana se convirtieron en inesperados protagonistas de una noticia de prensa. La delegada de Obras del Ayuntamiento, la andalucista Isabel Guerra-Librero, se daba uno de sus habituales paseos rodeada de periodistas para demostrar lo bien que trabaja su departamento, en esta ocasión con motivo de la remodelación de la calle Sierpes. La responsable pública con todo su séquito entró en la tienda de los Idígoras para demostrar lo bien que se lleva con todos los comerciantes y la falsedad de la polémica sobre las obras de tan emblemática calle. El principal responsable del negocio, Pablo Idígoras, la recibió con afabilidad y aprovechó para preguntarle cuándo iban a terminar las obras. Hasta ahí todo iba bien.
Sin embargo, el comerciante se salió del guión que pretendía la delegada cuando «inocentemente» preguntó a ésta cómo era posible que hubiera tan pocos trabajadores en la obra y por qué éstas tenían previsto durar meses «cuando en ciudades como Barcelona levantan la Plaza la Plaza de Cataluña por la noche para tenerla lista por la mañana».
La delegada se salió por la tanjente negando la escasez de operarios en las obras, aunque no respondió a la pregunta sobre la eterna duración de cualquier actuación pública en las calles de Sevilla. Isabel Guerra-Librero se fue de allí y los responsables de Idígoras, al igual que el resto de los ciudadanos, se quedaron sin respuestas.
Tras ello, Pablo Idígoras volvió tranquilamente a su mostrador y, sin quererlo, se convirtió en portavoz de Sevilla para decir pensando en alto: «no nos convence».
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