Quiso el destino, que de vez en cuando nos muestra su rostro más caprichoso, irónico o socarrón que el mismo día en el que se celebraba el quinto aniversario de Isla Mágica, el presidente de la Junta y la consejera de Cultura inauguraran la reapertura del monasterio de San Isidoro del Campo de Santiponce después de doce años de obras entre los que cabe incrustar algún periodo de abandono del que en su día dio fé este periódico. Cinco años de una de las fórmulas contemporaneas de ocio, un parque temático, y solo unos kilómetros más al noroeste algo más de siete siglos de un reabierto contenedor de historia, belleza y de cultura.
El legado del monasterio sorprende a quien se asoma por primera vez a ese edificio que se ve desde la carretera de Mérida y que, la verdad, es un desconocido para la mayoría. En él se une el Císter más meridional de Europa, el lugar del primer enterramiento del santo que le da nombre, el ámbito donde se llevó a cabo la primera traducción de la Biblia al castellano, el claustro en el que germinó el primer protestantismo, historias de herejes, de Inquisición... Eso solo en el contenido porque el continente pasa por ser, como aseguró Gestoso, «una de las más bellas páginas del mudejar religioso» Por si fuera poco, el mismo pueblo en el que se enclava la edificación (alrededor de la cual se refundó a principios del XVII la nueva Santiponce) se asienta sobre Itálica con lo que resultaría bastante dificil encontrar por aquí otra villa que supere a ésta en densidad de riqueza e historia por kilómetro cuadrado. Pese a todo y aunque Santiponce cuente su vida por milenios, los tiempos que corren permiten que Isla Mágica con solo cinco años de vida sea, entre las dos ofertas, la más conocida y visitada.
La nueva cultura del ocio articulada alrededor de la diversión arrincona el legado de la historia y el conocimiento (como ya ocurriera en la Éxpo) para primar la creación de parques temáticos y asimilados. ¿Son incompatibles ambas formas de desarrollo turistico? Creo que no.
Una visión inteligente y sin complejos podría potenciar el desarrollo turístico de un entorno sobrado de atractivos pero con un número de visitantes muy por debajo de sus posibilidades. Antes a París se viajaba en la edad de los intercambios, a los 15 o 16 años. Ahora la conocen los niños que, con sus padres, van a Eurodisney, pero que pasan uno o dos días por la capital francesa. Aunque su objetivo prioritario sea ver a Micky Mouse, algo de la ciudad de la luz les quedará. Santiponce, que junto a todo conserva la atracción de lo inédito, tiene muy cerca, en Isla Mágica por ejemplo, un anzuelo con el que pescar turistas. Da lo mismo si después tiene que disfrazar a algunos de romanos o de monjes cistercienses para que el cebo sea más apetitoso. El fin justifica los medios. El caso es que ahí está una población que es un diamante en bruto, desde hace unos días con más quilates, que ahora deberían pensar en pulir y en sacarle todo el brillo que esconde.