Días atrás leí en prensa una declaración del señor Zapatero, culpando al gobierno del nivel de inseguridad ciudadana y deterioro de la convivencia que padecemos. Este gobierno es responsable en la parte que le corresponde por no actuar, pero bien sabe el señor Zapatero que la actual situación no es consecuencia de la gestión de estos últimos años, sino de un proceso largo iniciado en los primeros años de la transición, por el que de la falta de libertades y autoritarismo anteriores hemos pasado al otro extremo de excesiva permisividad, falta de autoridad y relajación en la aplicación de las leyes y normas.
Si todos los humanos tuvieran nobles inclinaciones, como nos quieren hacer ver demasiados políticos, filósofos y sociólogos de la progresía moderna, no tendríamos problemas de convivencia, pero resulta que algunos humanos no son tan buenos y otros pocos son auténticas alimañas, y éstos aprovechan esa benevolencia y permisividad para conseguir lo que quieren sin miramientos, abusando de las personas o cosas de cualquiera de las formas que el abuso puede presentar (delincuencia, insolencia, coacciones, intimidación, violencia, robo, estafa, asesinatos, etcétera) para luego, si son detenidos o recriminados, reclamar esos derechos que tan largamente ha concedido nuestra benevolente democracia a los indeseables. Éstos han encontrado una mina en esa clase humanista moderna de sociólogos, psicólogos, políticos «progres» y abogados que encuentran múltiples motivos (traumas de la infancia, enajenaciones transitorias, padres separados o alcohólicos, marginalidad o lo que venga bien) para justificar la comisión de cualquier barbaridad eximiendo de responsabilidad al autor. Paulatinamente han ido tomando conciencia de que transgredir las normas de convivencia y las leyes tiene poca sanción, creándose la actual sensación de impunidad y deterioro de la convivencia.
Cuando los políticos de la izquierda «progre» tomen conciencia de que autoridad no significa autoritarismo, y que disciplina y orden no implican represión y merma de las libertades y derechos «fundamentales» y los de la derecha pierdan el complejo de «franquismo» que les atenaza, y ambos comiéncen a aplicar las leyes y normas que existen con rigor para que cualquiera que se disponga cometer algún abuso sepa que le puede costar caro, entonces veremos mejorar la situación actual en la que reina una sensación de impunidad y deterioro de la convivencia que desasosiega a la mayoría. Y esto se puede hacer dentro de las reglas de la democracia.
Creo, en fin, que la clave está en que ciertos sectores de la clase política y otras influyentes admitan que además de las medidas puramente dirigidas a la educación, sin duda fundamentales, son necesarias las orientadas a que las leyes y normas se cumplan con rigor para que los pocos a los que éstas les traen sin cuidado no se encuentren tan tranquilos como ahora.