La piel de la ciudad se reviste estos días de un barniz sudoroso, con la llegada de las primeras humedades, que acuden puntuales a la cita de las más tempranas horas de la jornada, una vez traspasado el velo del Día de la Virgen. Todo el mundo lo comenta: el tiempo ha cambiado. Es como una primavera que sucediera al verano. Aparecen las primeras rebecas y se agradecen las brisas de la noche mientras se saborean los últimos caracoles en el velador.
Pronto, el encandilamiento desaparecerá. Cenicienta ve llegar la hora del retorno a la vulgar monotonía de una ciudad que es más gris que nunca. Sin la polución de las calefacciones de Madrid o de Bilbao, sin las chimeneas de la cuenca minera asturiana, Sevilla arrastra una vida tóxica, átona, acurrucada en su rincón provinciano y mendicante, sin ser ella misma, sojuzgada por unas fuerzas muy poco vivas y por unos vivales débiles. Este sopor de los primeros contrastes climáticos, siempre inopinados, que marcan la cuenta atrás para el grueso de los veraneantes, es preludio de tormenta, desatada de consuno por el tedio del gobernante y por la catalepsia del ciudadano. Habrá Feria de San Miguel, qué bien. Y al mismo tiempo, las «obras programadas para el verano», que no han empezado todavía, armarán su San Quintín coincidiendo con los primeros días de un curso lastrado por las guerras de papá contra los cruzados de una ideología que data no ya del siglo pasado sino del anterior. Habrá calles bombardeadas y huelgas en los colegios. Será un preotoño digno de esa ciudad que no se mueve, no hierática en la majestad de su belleza, como Nefertiti, sino helada y esclerótica, tal la galería de sevillanos ilustres de la Presidencia autonómica. Trenzaban esos personajes ínclitos un diálogo escatológico que le hizo el pueblo sevillano para relajar un poco la tensión de estar siempre llevando en brazos al pobre o dando la zancada contra el francés. Sevilla funciona mejor cuando sabe reírse de sí misma. Si se toma demasiado en serio, y se mira en el espejo que no miente corre el riesgo de perecer colapsada. Sucia, abandonada -la ribera del río es toda una metáfora-, aletargada por la mediocridad, sólo teníamos el consuelo de la ausencia de esos sevillanos que la mancillan. Volverán para seguir haciendo de las suyas, para seguir tiznando a Sevilla de ostracismo, inundándola de mugre. Y este sueño de una noche de verano que es la Sevilla agosteña parirá un monstruo de movidas, pintadas, atascos y decadencia sobre fondo gris.