El ochenta por ciento de los alumnos españoles de la ESO sólo sabe mencionar seis Estados de la Unión Europea, según un estudio reciente de la Fundación La Caixa. Otro estudio, éste de la OCDE y elaborado entre estudiantes de 32 países, certifica que españoles e italianos están por debajo de la media mundial en lectura, matemáticas, comprensión escrita y ciencias (me pregunto en qué estarán por encima). Las estadísticas siempre ofrecen margen de interpretación, pero la contumacia con que la educación española arroja datos preocupantes en cualquier investigación es lo bastante sólida como para certificar un fracaso.
El fracaso se vuelve doble en el caso del citado estudio sobre la Unión Europea: revela que fracasamos en lo educativo y en lo político, porque si hay una apuesta colectiva contundente en la España moderna es la de la integración en el marco comunitario. Por cierto, el estudio de la Caixa tiene otro dato desalentador: mientras el alumnado del norte de España y Baleares saca una nota superior a cinco, el de la mitad sur suspende sin paliativos. El triunfalismo de las autoridades autonómicas de Andalucía sería ridículo si no entrañase un trasfondo dramático.
Los niños andaluces reciben, eso sí, una cumplida información sobre su entorno inmediato. Los libros escolares enseñan antes los afluentes del Guadalquivir que los grandes ríos europeos. Muchos colegiales de corta edad aprenden dónde está el Genil, pero no saben localizar el Rhin, el Danubio o el Tíber. Eso, los más aplicados; los menos están a merced del esfuerzo de un profesorado al que la Logse ha desprovisto de motivación y ha cargado de desaliento.
Una amiga mía, profesora de Secundaria en un colegio de la costa gaditana, pidió a sus alumnos que redactaran un escrito sobre sus próximas vacaciones. Uno de ellos, de 13 años, escribió con muchas faltas de ortografía que su familia lo iba a llevar a Madrid y estaba muy contento porque nunca había subido a un barco. El chaval era hijo de prósperos horticultores que lo depositaban cada día en la escuela a bordo de un lujoso todoterreno. Sospechando que podía haber cachondeo, mi amiga lo citó aparte, le puso un mapa delante y le pidió que buscara el mar entre Cádiz y Madrid. El niño se limitó a encogerse de hombros. Probablemente, la aplicación de la Logse le facilitará el paso al siguiente curso.
Algunos profesores, llenos de indómita energía, han encontrado en el nuevo marco legal un campo enriquecido para su esfuerzo y se niegan con elogiable denuedo a dejarse torcer el brazo de la motivación vocacional, pero la mayoría está a punto de tirar la toalla. La Logse, una ley fabricada por los socialistas, es el más poderoso instrumento alumbrado en los ultimos años para impulsar la enseñanza privada, a la que huyen despavoridos todos los padres que se lo pueden permitir. Y los que no, también; ése es el trasfondo del conflicto sobre los cupos concertados que estalla cada comienzo de curso sin que la Consejería de Educación se quiera dar por enterada.
El informe de la OCDE, divulgado ayer, supone un demoledor mazazo a todo el sistema, porque revela que nos hallamos ante unas generaciones incapaces de competir con las de los países de su entorno. El alto nivel de desarrollo español se compadece mal con unos escolares que no sacan la media mundial en los principales parámetros de formación: ni matemáticas, ni ciencias, ni lectura ni comprensión escrita. Es decir, ni en la educación antigua, ni en la moderna. La reacción de la clase política nacional ha sido ejemplar: la oposición le echa la culpa al Gobierno, y el Gobierno la desplaza hacia sus predecesores socialistas.
En medio de esta continua batalla de incapacidades, la enseñanza se degrada y el país pierde una oportunidad histórica para ponerse culturalmente a la altura de su propio bienestar económico. Pero quizá nada de esto tenga demasiada importancia cuando está a punto de comenzar un puente y ya se perfilan las vacaciones de navidad más largas de toda Europa.
icamacho@abc.es