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Tras las cortinas

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Durante todo el año, los papeles, las radios y las distintas televisiones, se han ido haciendo eco de esa especie de zafarrancho arqueológico que viene volviendo del revés la piel de Ecija, con actuaciones y hallazgos tan vistosos como la estatua de las termas o la Amazona, amén de un sin fin de material informativo de tanto o más valor científico que las citadas esculturas. Tanto las excavaciones del Salón como las del castillo de las Cinco Torres están colmando las expectativas científicas y publicitarias más exigentes, proporcionándole al Ayuntamiento de Ecija las plusvalías de imagen necesarias para acometer unas obras tan molestas para el ciudadano como necesarias para esos mismos ciudadanos y para el patrimonio cultural del pueblo que, como bien es sabido, no es poco ni manco. Las cosas se están haciendo con tanto primor, dedicación y gusto que, acostumbrados a casi todo lo contrario, no deja de sorprendernos y guiados por esta agradable sorpresa comenzamos a preguntar por el responsable último de semejante zafarrancho. Bueno, el tipo se llama Fernando Luna Riel, un maestro escuela enamorado perdidamente de las cosas de su pueblo, concejal del Ayuntamiento pese a que la política no le quite el sueño, pionero en la publicación de textos de carácter histórico y, sobre todo, un romántico empedernido cuya ensoñación irrenunciable se llama Ecija.

Los modernos le llamarían un agitador cultural. Bueno, pues a los modernos hay que darles un aplauso porque no cabe mejor definición para explicar lo que este tipo viene haciendo en Ecija desde hace años. Luna es, estrictu sensu, un agitador cultural. Agita pero no convulsiona. Quiero decirles que, pese a moverse tras las cortinas del escenario, lejos de los primeros planos, su papel de agitador no es un ejercicio de barata transgresión, sino una apuesta seria y decidida por rescatar aquellos valores culturales propios que musculan el orgullo local astigitano. Influye, induce, crea opinión y, deduzco por lo que me dicen, que debe ser tan insufrible cuando un tema se le pone entre ceja y ceja como la gota malaya. Así recuperó los carnavales y creo que hasta se le puede ver, en alguna corporación carnavalesca, hacer sus pinitos por las Carnestolendas. Este es, a grandes rasgos, el tipo que ha metido al Ayuntamiento de Ecija en el hermosísimo follón de las dos grandes excavaciones arqueológicas. Y lo que son las cosas, una de ella, la que se realiza en el Salón, se viene ejecutando como labor previa a un gran aparcamiento que irá en la zona, cosa que me mata de envidia sana y de cabreo indescriptible, sabiendo lo que sabemos que ocurre aquí en la Encarnación.

Tipos como este Fernando Luna, que fue capaz de denunciar a un particular de acaudalada ascendencia por entorpecer el estudio de un magnífico retrato romano que apareció en su domicilio, no suelen entrar muchos en el kilo. Y hacen falta muchos, muchos más para intentar sensibilizar a los poderes públicos y a los intereses privados sobre el valor patrimonial que encierra nuestras ciudades y pueblos que, a la hora de la verdad, es lo que nos identifica, nos singulariza y nos permite ser y estar donde más somos. Tiene una enorme suerte la ciudad de Ecija de contar con un maestro escuela que, diariamente, cada vez que vemos los trabajos en el Salón o en Alcázar astigitano, nos brinda la mejor lección cívica que un docente, comprometido con su pueblo, pueda darnos. Envidiamos esa suerte y a la vez nos alegramos porque en Ecija la piedra no es un obstáculo para progresar, sino un acicate para progresar como es debido. Como verás, Fernando, hoy puedes prescindir de tu impagable copa de manzanilla sanluqueña, que esta que te sirvo va escanciada con las mejores felicitaciones por un trabajo bien hecho.

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