Con motivo de la próxima visita de dos amigas y después de recopilar diversa información hostelera, decidí meterla en un sobre y enviársela. Para evitar dilaciones, deposité la carta a las nueve de la mañana del lunes en una oficina de Correos, con la ingenua creencia de que así llegaría antes a Barcelona. Desgraciadamente el franqueo que le puse no debió ser suficiente, y la carta me fue devuelta, pero no ocurrió hasta el jueves, justo cuatro días después. Escandalizada al imaginar qué pensarían mis amigas ante mi ineficacia, me fui corriendo, ese mismo día, al edificio central de Correos, donde franqueé el sobre en ventanilla, esta vez como producto urgente, abonando aproximadamente dos euros. Dicha carta no llegó hasta el miércoles siguiente, tardando en llegar seis días. Como soy una mujer moderna, amante de las nuevas tecnologías, entro en la página web de Correos, y curso mi reclamación por correo electrónico. La respuesta, ante tal cúmulo de ineficacia, no podía ser otra: me dicen que no hay prevista indemnización en estos casos, y para la próxima vez, que me gaste el dinero en postal exprés. Este es el compromiso de calidad que la empresa pública de Correos ha contraído con sus clientes, y para el que ha elaborado incluso una carta de servicios. Y me pregunto ¿qué va ser de nuestras ilusas felicitaciones navideñas? A lo mejor, para Semana Santa, habrán llegado a su destino.
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