Quiero mostrar mi queja como amigo personal de sus propietarios y como sevillano. ¿Cómo se les puede arrancar su razón de ser y su vida a estas familias? El delegado de Urbanismo, el señor Carmona, en vez de dar migajas a estas personas, lo que tenía que hacer es pedir permiso para entrar en este rincón histórico de Sevilla y cuando vea la señera azulejería de la entrada en la que se refleja la propia historia y el buen gusto de mantener casi un siglo este maravilloso lugar, y contar con los propietarios para que cuando hagan los pisos que dice que quiere hacer, los nuevos ¿propietarios? sepan que un día en este lugar existió Tablada. Y yo me sigo preguntando: ¿por qué con tantos libros como se nos venden de la Sevilla que se fue, nadie de estos señores hace nada por evitar estas calamidades? ¿Cómo la señora Isabel Guerra Libreros pretende recuperar la Alameda de Hércules de principios de siglo si después se permite tirar la verdadera historia? Estoy de acuerdo con las palabras que cita Tomás Balbontín el día 5 de marzo en ABC: «No se pueden hacer las cosas tan a lo salvaje y con tan poco corazón y en el peor de los casos siempre debería de plantearse al menos la posibilidad de dejarles en su entorno de toda la vida con un negocio equiparable dentro de la nueva urbanización». Pero yo voy más lejos: que dejen la Real Venta de Pilín como la referencia histórica que guarde en la memoria todos los ecos de lo que una vez fue Tablada. Porque si existe un lugar donde se pueden albergar todos esos sentimientos es la Real Venta de Pilín.
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