Después de tantos años de hegemonía, los socialistas andaluces se han acostumbrado tanto a mandar que no admiten una sola excepción en la unanimidad de la obediencia. A lo largo de dos décadas de poder han logrado controlar a la mayor parte de la prensa y los medios de comunicación; han comprado a los sindicatos y a los empresarios con los pactos por el empleo; han sometido la crítica universitaria a base de subvenciones y becas; han repartido encargos a los profesionales liberales más díscolos; se han acercado todo lo que han podido al Tribunal Superior de Justicia y han ocupado las asociaciones de vecinos, los lobbys feministas y hasta muchas oenegés.
Por descontado, el Parlamento ni les tose -cuando pierden una votación, la mandan repetir con todo el morro-, y hasta en la Cámara de Cuentas, que osó cuestionar algún balance de la gestión autonómica, consiguieron reconducir cualquier atisbo de independencia, rizando el rizo de bizcocharse a un consejero mayor que había propuesto el PP. De este modo, las únicas voces disonantes en la pax chaviana son un par de periódicos francotiradores, alguna emisora aislada y el Defensor del Pueblo, donde el prestigio y la firmeza del cura Chamizo resisten los embates y mantienen la magistratura a salvo de la presión constante de un poder expansivo e insaciable.
Como la gestión de Chamizo es tan intachable que nadie la puede cuestionar sin que se le vea el plumero, los socialistas han optado por esa vieja táctica florentina que consiste en apuñalarlo mientras se le da un abrazo. Cuanto más fuerte es el abrazo, más honda se clava la daga. Así que el PSOE se ha sumado con entusiasmo a la unanimidad en la reelección del Defensor, pero al palmearlo en la espalda le ha introducido un estilete, que consiste en añadirle un adjunto designado por el propio Grupo Socialista. Vamos, que le van a poner un comisario político.
Hasta ahora, el Defensor del Pueblo tenía tres adjuntos, nombrados a propuesta de cada partido de la oposición. Esto tenía una cierta lógica, aunque lo propio de un cargo que tiene que defender a los ciudadanos frente al abuso de la Administración sería que el elegido nombrase como ayudantes a quien le diera la gana o considerase más idóneos. Pero lo que no se entiende es que el partido del Gobierno reclame su cuota en el organigrama de una oficina destinada a controlar al Gobierno. Eso va contra la misma esencia de la institución, atenta contra su independencia y provoca la desconfianza del cuerpo social.
La independencia de Chamizo no la va a alterar un adjunto (o una adjunta) del PSOE, ni mil que le colocaran para rodearlo, porque este cura que parece un flamenco posmoderno se viste por los pies y ha aprendido a resistir en la universidad callejera del Campo de Gibraltar, donde los narcos corrompen a policías, amenazan a los jueces y dejan de vez en cuando algún fiambre de camello en la cuneta.
Chamizo tiene cara de quijote pero su alma es de hormigón armado y encima lleva ventaja porque cree en Dios y obtiene de su fe un suplemento de fortaleza. Sabe perfectamente que su tarea consiste en consolar a los afligidos... y afligir a los confortados. De modo que por ahí no lo van a mover un palmo de su pelea a brazo partido contra los il y un atropellos y exclusiones que deja esta sociedad tan aparentemente equilibrada. Pero el caso es que el PSOE lo ha intentado metiéndole un submarino más grande que el «Tireless», y la intentona es de por sí indecorosa, sobre todo cuando se plantea indirectamente como contrapartida en la renovación de su mandato, y además se lo venden como un favor para ayudarle en su tarea.
Bastantes dificultades tiene ya el Defensor frente a una administración impermeable, despectiva y rocosa, como para que encima le pongan de ayudante a un miembro del partido del Gobierno contra el que nos tiene que defender. Más de uno pensará que para eso mejor nos defendemos solos. Quizá sea eso lo que ellos quieren.
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