Podría tratarse del cuento de la lechera, pero José Luis Rodríguez Zapatero ha empezado a creer seriamente que puede ganar las próximas elecciones generales. Los últimos meses han puesto de manifiesto algo que hasta no hace mucho se contemplaba como impensable: que es posible incrementar la erosión de Aznar, en parte por su propio bonapartismo y en parte por la aparición de un cierto cansancio sociológico respecto al PP, cuya batalla sucesoria no hará sino acrecentarse a medida que vaya pasando el tiempo.
Los «cabezas de huevo» del PSOE han pegado la oreja al suelo, como los indios, y han detectado señales de un lejano galope que podría ser el de su propia victoria. Están eufóricos tras el 20-J, en el que descubrieron que tienen de nuevo en los sindicatos una importante fuerza de choque y en Izquierda Unida un incondicional aliado. Los síntomas de desaceleración económica actúan siempre en contra del Gobierno, y existe la certeza de que en 2004 no estará Aznar al frente del cartel adversario. Así que la campaña ha comenzado. Y vale todo.
El primer frente va a ser el laboral. UGT y CC OO actuaron en la huelga como un mazo contra el escaparate del Gobierno, y necesitan continuidad porque si se paran ahora sería el principio de su fin. Habrá, incluso, un verano movido -quizá con huelga de hostelería en la Costa del Sol- antes de que llegue el célebre «otoño caliente» que siempre se augura desde la transición, pero que esta vez irá en serio porque va a tratarse del arranque de la campaña electoral.
La consigna es percutir sobre el Gobierno. Cándido Méndez, que parece el jefe de la oposición con su antiaznarismo dialéctico, se encargará de la calle, y Caldera del Parlamento. Zapatero ha de mantenerse relativamente a salvo, en una zona de seguridad que le permita presentarse como adalid de nuevas propuestas para recuperar el voto urbano y centrista que empieza a sentirse incómodo ante el giro ideológico de Aznar. El análisis de las elecciones francesas que han hecho los estrategas del PSOE incluye una conclusión sorprendente: hay que volver a la izquierda, no permitir que se atomice o se disperse en la antiglobalización, el ecologismo y otras alternativas más o menos marginales. El apoyo de este fin de semana a la minoría homosexual es significativo a ese respecto.
La recuperación y fijación de la izquierda será el eje de las municipales, para batir la abstención en los barrios que posibilitó las mayorías locales del PP. El cuento de la lechera incluye la ganancia de Alcaldías simbólicas, con Madrid al frente, siempre de la mano de IU, que no tiene más que el campo para correr si pierde este tren. Por ahí no habrá problemas; Llamazares está entregado y las voces críticas ya no suenan; Rejón está aburrido y Anguita jubilado (aunque pronto hablará disfrazado de personaje mitológico). Los socialistas cuentan con la posibilidad de recuperar Málaga y mantener, contra pronóstico, Sevilla, con la ayuda del PA de Rojas Marcos. Si eso ocurre, y si Bono revuelca a Suárez Jr. en las autonómicas manchegas, la imagen de un avance real sería imparable. El PP tiene un hándicap de salida: en ayuntamientos y autonomías sólo le vale la mayoría absoluta.
La segunda etapa es Cataluña, en otoño de 2003, y quizá Andalucía, donde Chaves medita el adelanto para reforzar la idea del cerco paulatino a la Moncloa. Las encuestas dicen que gana Maragall, y lo de Andalucía es pan comido para el feudo más potente del socialismo. Para esas fechas, Aznar tendría que destapar la manta de la sucesión, y se abriría la madre de todas las batallas.
Todo este horizonte está cogido con los alfileres del optimismo, pero lo importante es que se ha producido un cambio en el estado de ánimo y ahora Zapatero cree de veras que puede ganar. El ambiente se va a endurecer, y mucho. Enfrente hay un Gobierno rocoso y un Aznar decidido a pasar a la Historia como el primer presidente que cumplió su proyecto. Lo que está por ver es el coste de ese envite histórico.
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