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La ventana indiscreta

Pensar es de cobardes

El mundo estaría un poco menos perdido si aprendiéramos a perdonar lo que se nos pasa por la cabeza y controláramos un poco más las decisiones que tomamos sin darle demasiadas vueltas

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Zendaya y Robert Pattinson en 'El drama'.
Lucía Cabanelas

Empecé 'El drama' esperando tanto el giro de guion que casi me da un esguince cervical; apenas me dio tiempo a disfrutar de la comedia, negrísima, que está desde el principio. Las campañas de marketing son una genialidad y una desgracia, y vivir sospechando un crimen te contamina el alma, porque casi se me pasa la treta de Zendaya para cambiar de tema bajándole los pantalones a Robert Pattinson. Si te hacen callar, que lo hagan así, sin fisuras ni gritos, tajante. Sin pensar, solo actuar. Despojándote de todo menos de los calzoncillos. Los impulsos son casi lo único imposible de fingir, salen o no salen, y no hay mayor verdad que lo que viene sin pensar, de forma imprevista, incluso sin venir a cuento. «Primero las disculpas, luego la vergüenza», dicen en un momento en la segunda temporada de 'The Gentleman'. En 'El drama' sería al revés: primero la vergüenza y luego el perdón. Si llega.

Con la serie de Guy Ritchie me pasó justo lo contrario, por cierto. Intuía el humor en el estilo, en ese contraste entre el chonismo británico y la elegancia nobiliaria que tanto le gusta al director, pero todo era más tosco, incluso los guiños a 'El Padrino'. Hay un momento en que el protagonista le exige al personaje de Giancarlo Esposito que responda sí o no, y este resume el misterio de 'El drama': «Soy reacio a tan binaria simplicidad». Quedarse en la superficie de la película de Kristoffer Borgli tiene más delito que el que se comete (o no) en la historia. A mí me importó más el fondo, el dilema moral, la inevitabilidad de juzgar a alguien por algo que solo se le pasó por la cabeza. Para mí, somos las decisiones que tomamos, no las que pudimos tomar pero no hicimos.

Hablaba antes de los impulsos, pero pasa un poco con las confesiones. Vencer ese miedo sutil a decir públicamente lo que se piensa. A veces salen en el momento más incómodo, menos adecuado, sobre todo si hay nervios y vino de por medio. Un secreto que, dicho en alto, resquebraja todo, empezando por la confianza y terminando, imagino, con el amor. ¿Se puede castigar, o guardar rencor, por un pensamiento? Si es así, el mundo desde luego estaría más perdido de lo que ya está, nos asustarían muchas más cosas que una taza y para ponerle fin, o empezar de nuevo, no valdría ni una hamburguesa.

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