Desnudarse sin que se vea nada
Henar Álvarez simuló quitarse la ropa en La 1. Estas modernas tan atrevidas me hacen pensar en Susana Estrada, que sí lo hacía en el Madrid de los 70, cuando desnudarse era realmente transgresor y arriesgado
Nunca había visto 'Al cielo con ella' porque no soy mucho de late nights. Es un formato que no me entusiasma, me pasa con él lo mismo que con la playa: es un compendio de todo lo que detesto. Si la playa acumula arena, calor ... y demasiada gente desinhibida con poca ropa que hace mucho ruido, los late nights aglutinan presentadores que se creen graciosos, entrevistas desenfadadas carentes de interés y demasiada gente desinhibida (esta vez con ropa) haciendo mucho ruido. Los late nights, concluyo, son la playa de la programación televisiva. Pero tenía curiosidad tras leer sobre el desnudo integral de su dicharachera (y un poco soez) presentadora. Así que dejé 'La casa de los espíritus' justo cuando apareció Maribel Verdú imitando el acento chileno con la misma verosimilitud con que se dobla a los espías alemanes de las pelis reguleras (o sea, mal) y busqué el programa en la web de RTVE.
Arrancaba con Henar Álvarez haciendo de jefa de tres hackers: Isabel Coixet, Chelo García Cortés y una chica desconocida por mí, que debe ser humorista porque el universo de las humoristas españolas es para mí un mundo ignoto que quiero preservar así. Su misión era conectar con Isabel Allende, la escritora de 'La casa de los espíritus', serie que yo acababa de dejar de ver para ver esto otro (con mucho menos armaba un programa entero el Iker Jiménez de antes). No me reí ni un poco, pero intuyo que era un gag. Después, entraba corriendo en el plató, que es como entran en los platós los presentadores de late nights para que sean considerados como tales. Es fundamental porque es este un formato muy rígido: o tienen fondo de ciudad, grupín de modernos tocando en directo, mesa con taza, sofá, presentador en traje que entra corriendo a los sitios y público que grita como si fuera bebido, o no es late night.
Henar también gritaba, más que declamaba, su monólogo. Que a mí me parezca que alguien grita es muy sintomático porque yo hablo siempre alto. No es sordera ni mala educación, es que soy valenciana. Los valencianos tenemos tres características identitarias en lugar de los siete apellidos que se le exigen a un vasco: hablamos alto, todo lo celebramos con masclets y podemos matar si se echa cebolla a la paella. Así que, si digo que alguien grita, es que grita mucho. Henar Álvarez grita mucho y se ríe de sus propios chistes, que es peor.
El monólogo hablabab de que «ir de traje no me hace ir de hombre igual que una biblia en la mano de Dani Alves no le convierte en un santo». Este chiste suyo, a Henar, le hizo muchísima gracia. Como todos. Y tras decir «polla» (recuerden que es imprescindible para ser parte del moderneo femenino la cualidad de procaz) llegó la ocurrencia del preparado desnudo. Desnudo que no fue desnudo porque aparecía un castísimo cuadradito que difuminaba convenientemente desde el cuello a las rodillas, ocultando lo que podíamos intuir era ropa interior color carne.
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Fue un poco como cuando Rigoberta Bandini nos cantaba que nos daban miedo sus tetas y, para demostrar que a ella no le daba miedo nada, aparecía con una banda color carne tapándolas. Estas modernas tan atrevidas me hacen pensar en Susana Estrada, que sí lo hacía en el Madrid de los 70, cuando desnudarse (hacerlo de verdad) era realmente transgresor y arriesgado (Estrada no tuvo derecho a voto ni pasaporte hasta que en 1987 se despenalizó el delito de escándalo público). A Isabel Coixet, sin embargo, lo de no desnudarse pero haciendo como que sí le pareció tan subversivo y rompedor que solo puedo exclamar «tía, o sea, guau». Y yo ahí ya lo dejé porque está claro que no soy su público.