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El amor frustado de un boticaro

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Como todos lo genios, Donizetti era un guasón. En esta su breve ópera bufa titulada «Il Campanello de notte» (mal traducida como «La Campanilla del Boticario») se ríe de los matrimonios concertados de conveniencia y escribe filigrana musical para narrar la desventuras del viejo boticario don Annibale para consumar su matrimonio con Serafina, enamorada, a su vez, de Enrico, que se encargará de fastidiar la noche de bodas llamando una y otra vez la campanilla de la casa de don Annibale disfrazado con distintas caracterizaciones y solicitando recetas y remedios cada vez más complicados de elaborar. Al final, desesperado el boticario, se queda sin consumar su matrimonio y la pareja de enamorados, como debe ser, come perdices.

En el claustro renacentista de San Jerónimo, con suntuoso vestuario de época y un decorado reducido a un simple telón de fondo, actuaron los miembros del Teatro de Ópera de Arbat de Moscú, con 18 músicos en el foso y doce voces sobre el escenario. No hace falta más en realidad para montar esta ópera de cámara de menos de una hora de duración.

Todos los miembros de la compañía actuaron con profesionalidad, empeño, entusiasmo y nivel medio bastante aceptable. Pero me llamó la atención que cantaran el libreto en versión rusa. Y éso en Donizetti, y en una ópera bufa en donde tan importante es el apoyo de la voz en la articulación consonántica del discurso estrófico, le hace perder mucho encanto. Es cierto que hubo alguna frase en italiano y algún guiño al español. Pero el ruso no permite el vertiginoso ritmo del recitativo donizettiano. Esa es la razón por la que se escamoteó casi en su integridad su pasaje más jocoso y conocido: el largo y doble recitativo «La povera Anastasia», en donde Enrico declama (apoyado en una sola nota y a velocidad de trabalenguas) la larguísima receta que termina desesperando al desventurado don Annibale.

La orquesta sonó espléndida bajo la dirección de Ivan Ivanov. Lo mejor de la noche. Tatiana Janenko cantó con flexibilidad y clase el aria final de Serafina; muy bien escénicamente el don Annibale de Sergei Baikov y afrontando con solvencia sus múltiples papeles para fastidiar al boticario el tenor Dmitri Tsaregorodtsev. Muy bien los demás miembros de la compañía, que igual afrontaban breves cometidos solistas que se integraban en el coro, arropando con brillantez al trío protagonista, como en la luminosa escena final que cierra la ópera. El público, que volvió a llenar el viernes el claustro de San Jerónimo, disfrutó de lo lindo. Los buenos aficionados son siempre respetuosos y agradecidos.

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