El cementerio de San Fernando, proyectado por el arquitecto municipal Balbino Marrón y Ranero, sigue manteniendo casi intactas las entradas principales desde su inauguración en 1853. Cuatro placas de mármol organizan el acceso a la rotonda en la que el realismo de la estética funeraria se hace más mórbido; es la rotonda la de los jarrones negros, tan negros como los paños que lo cubren. Está limitada por la sala de duelo, el almacén, y un espacio que no se olvida, lugar para las peores citas, por definitivas, formado por una capilla que se quedó pequeña, y las oficinas. Las placas centrales del acceso al camposanto son para el público y en las laterales figura aún, afortunadamente, la indicación para el paso de carruajes, en perfecto uso aunque éstos sean desde hace mucho tiempo automóviles forrados de coronas. El día de los fieles difuntos todas las puertas son pocas. Se produce una invasión de los que aún transitan por la vida terrenal, y la relación, la «convivencia» entre vivos y muertos alcanza sus momentos más cálidos. Da la impresión, también, de una mayor presencia de entierros. La grieta de la chimenea del crematorio sigue abriéndose, con un tono tan negruzco como el hollín. Todos, cada uno a su manera, independientemente de el status social, van a rendir culto a sus difuntos, siguiendo una tradición de la que ya hablaba Tertuliano, pero que se consolida litúrgicamente en el siglo X, por iniciativa de los monjes de Cluny, costumbre que se extiende de forma universal en el siglo XIII.
AL GUSTO DEL CONSUMIDOR
Ha variado la estética pero la esencia es la misma. Un rápido vistazo a los puestecillos de flores nos advierte del predominio del amarillo y el violeta en las flores, y de algo más. No todas las coronas tienen forma redonda. Las variaciones estaban determinadas por el tamaño y el color de las flores, pero, ahora, el consumidor puede elegir según el gusto, que los hay para todos. Quienes gusten de un corazón floreado, allí lo tienen, en su más diversa policromía. Quienes se sientan atraídos por la música, hallarán, igualmente, liras -¿o son coronas de laureles?- y guitarras. Los amantes de los animales pueden renovar las hojarascas resecas por un flamante oso blanco que tiene por ojos dos sendas flores marrones.
Una señora de edad, con pañuelo en la cabeza, camina encorvada apoyándose a cada paso en una silla roja de plástico. Otra, mucho más adelante, acaba de apearse del pequeño vehículo eléctrico que recorre gratuitamente la gran espina dorsal (calle de la Fe) del cementerio/parque. La mujer llora desconsoladamente porque no encuentra a su marido. Y si, como vemos, es difícil a veces encontrar a los vivos, lo es aún más si se trata de los muertos, sobre todo cuando el cementerio, a medida que avanzamos, deja atrás el runrún de las palomas torcaces, presentes todo el día, y la vegetación queda reducida a las flores que dan color a la marea interminable de nichos y mausoleos blancos. Se ha traspasado ya las dos referencias que permiten hacernos una idea de la distancia: la rotonda del Cristo de las Mieles y la de la Caridad. Atrás quedan callecitas con nombres tan inusuales como San Adulfo, San Rómulo o San Simplicio. Se mira, entonces, a la izquierda, y sobre los bloques del fondo, traspasada la tapia del cementerio, asoma el chapitel embutido en cobre del monasterio de San Jerónimo. La ciudad de los difuntos sigue creciendo y el sentido del tiempo y del espacio es distinto al de los vivos.
«¿Y el mantón, no está bien hecho»?, comenta una mujer a otra, tras rodear a la escultura de Juanita Reina. Dos sutilezas: muy cerca, el niño de bronce del torero Manolo González, sostiene un clavel rojo recién regado en la mano. Junto a este mausoleo hay un panteón con aire de mastaba, muy deteriorado. Alguien se ha acordado del conde allí enterrado y ha entrelazado graciosamente dos claveles rojos en su verja. El panteón contrasta en estilo con esa especie de piano cubista que es la tumba de Belmonte, que ayer lucía un ramo de gladiolos.
Abundan las tumbas abiertas y los nichos vacíos, pero es también el día de la renovación floral, lo que es observable por el trajín de cubos y avíos para el adecentamiento de los mármoles. Se oye el raspado sobre los nichos y el panteón de la Sacramental del Salvador, realizado con forme al estilo neogótico en la vieja fundición de San Antonio, va recobrando el negro intenso que le imprime una nueva capa de pintura.
FLORES PARA LA SOLEDAD
Como es tradicional, fueron muchas las personas que asistieron a la misa de difuntos, oficiada por el arzobispo de Sevilla, monseñor Amigo. Desde muy temprano, la afluencia de fieles fue llenando la rotonda del Cristo de las Mieles hasta extenderse a lo largo de la calle central del cementerio. Sin embargo, durante el día el recinto ha acogido a menos visitantes que el pasado año. El Sol, el buen tiempo y el puente, han movido a mucha gente a irse de fin de semana.
Junto a la capilla, en la rotonda de entrada, hay un retablo de azulejos de la Virgen de la Soledad. Las coronas de flores han ido depositándose durante todo el día junto a la Virgen de San Lorenzo, hasta casi ocultarla.