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El color del pasado

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Tres meses lo apartó el restaurador de su altar de la fábrica de tabacos. Más de noventa días se ausentó la imagen de la capilla que amenaza extinguirse. El Señor de las Cigarreras se entregó a una de las mejores manos que hoy velan por nuestros dioses de madera y, mientras el restaurador se afanaba en su cura, Él echaba la vista al pasado.Recordó cuando el mazo que empleaba Buiza azotaba las gubias sobre su cuerpo, definiendo su perfil... mitad vivo...mitad muerto. El calor de la antigua fábrica, hoy testimonio de la mejor lección que da la vida, vio pasar imágenes del Señor de la Columna y Azotes que no llegaron a calar en la identidad de la corporación o que se dejaron ir por la puerta de atrás.

El Jueves Santo devuelve todos los años a la ciudad el color del pasado. Se ve en el burdeos del palio de las Cigarreras, esa dolorosa por la que el tiempo pasa sin querer marcharse. De color sepia es la sombra de Pedro Roldán junto al Cristo de la Exaltación. Cedro dorado que en antiguas postales figura hundido entre un mar de imágenes. Gracias a los estudios y restauración que Ricardo Comas realizó en 1960, el Cristo se alzó por encima de todas ellas, reclamando el protagonismo que merece tan excelsa obra de imaginería.

La huella de Roldán

De huella roldanesca es, también, el Señor al que sorprende un ángel en mitad de un huerto en Montesión. Durante el siglo XVI esta cofradía llegó a procesionar con cinco pasos de pasión que representaban los cinco misterios dolorosos del Rosario. Los descuidos por el patrimonio por los que tanto se vela hoy, obligaron a la corporación a suprimir varios de ellos y a salvar, tan sólo, uno; el de la Oración en el Huerto. Durante décadas se pensó que la Virgen del Rosario procedía, también, del quehacer de Pedro Roldán. Pero las investigaciones más certeras la ubican en mitad del los territorios del renacimiento y el barroco: la franja del manierismo.

Aquel tiempo la memoria lo transforma en caoba. O, quizás, en el bronce fundido para que tenga lugar sobre él la Quinta Angustia. El propio Pedro Roldán colgó los brazos de Jesús en un sudario que pende en el vacío. La muerte se contempla a ras del mármol de la Parroquia de la Magdalena. En un misterio con sabor a antiguo, la Virgen que introdujera Vicente Rodríguez Caso en 1934 se fusionó con el resto del conjunto con una discreción que asombra a los propios ojos del tiempo.

La ciudad del recuerdo se transforma en el escenario de la infancia contemplando a Los Negritos desde el balcón de la historia. Cuando finalizó su ejecución, Andrés de Ocampo, como tantos otros, alojó en el interior del crucificado una nota en la que se proclamaba como autor de la obra en 1622. Recorre su cuerpo ensangrentado la serpenteante forma manierista envuelta en el sudario barroco.

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No muy lejos, la hermandad del Valle pone color violeta a la tarde en la que los días comienzan a descontarse. En la Anunciación, desde hace más de 35 años, la cofradía corona a su Dios con espinas y le entrega una cruz. De nuevo, aparece la sombra de Pedro Roldán, que alimenta la capacidad de su discípulo, Agustín de Perea, flamante autor del Cristo de la Coronación de Espinas. Quien se cruce en la calle del Amargura con la imagen de Jesús con la cruz al hombro, probablemente, contemplará a uno de los mejores y, sin embargo, desconocidos nazarenos sobre los que la razón no cae en preguntarse.

Dolorosas

El Jueves Santo nos lega tallas de María anónimas y de incomparable calidad a las que el tiempo fue modificando su estética en respuesta a los gustos y conjeturas más personales. Son las dolorosas de los Ángeles, Lágrimas, Cigarreras, Rosario, o Valle.

La jornada en la que comienza el ocaso, concluye con la luz de la plata del paso de Pasión. La carne de Dios se hizo aquí transparente color de madera ante la proeza de Martínez Montañés. En el Salvador no olvidan, como quiso verlo su autor, acompañado de un cirineo.... es el color del pasado que el Jueves Santo se llevó consigo.

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