La Bienal 2026
La Sevilla de las mil maravillas
Antonio Rey presenta su laureada obra, 'Historias de un flamenco', en un Espacio Turina entregado a su virtuosismo
Se dejó ver Antonio Rey en la penumbra del Espacio Turina. Camisa blanca, corbata y pantalones negros. Pelo engominado hacia atrás. Tras saludar al público, y hacerse un silencio de espectros, el madrileño comenzó a acariciar las cuerdas de la madera, haciendo galopar los ... dedos en los trastes. Su cara negaba las afirmaciones de su instrumento en una melódica porfía. La introducción terminó con un vértigo de falsetas que atropelló a los presentes, generando un ole al unísono de los que no se ensayan. El hombre que venía a presentarle la ofrenda de su Grammy a Sevilla se soplaba las manos como si tuviera frío mientras la gente se rompía en un aplauso.
La soledad del escenario la llenó su cuadro que rumbeando despeinó al viernes en una algarabía de colores. De la flauta de Juan Parrilla a la percusión de Bandolero, de los jaleos de Mara Rey, que desnudó a la noche en mil sudores con su cante, al apuntalamiento de Manuel Heredia. De ese rito de notas rebeldes florecían en los artistas las sonrisas picaronas que solo brotan cuando el flamenco se pone travieso.
Con la inquietud en las yemas de los dedos Antonio compuso la narración de su historia, sacando de la sonanta los extractos de los pasajes que bordean su biografía artística. Alegrías, bulerías, mineras. Un recorrido de preciosos sobresaltos que después de mecer pinchaban, que tras acariciar llamaban a la rebelión de los sentidos. Notitas al pie del bordón escritas en el aire, éxtasis vestidos de información. Nudos destensados en la garganta, maestros homenajeados, desenlaces fulgurantes. La Sevilla de las mil maravillas, la de su madre Maravilla, agradeció con una enorme y cerrada ovación el regalo de acordes que Rey dejó grabado en la Bienal.
Bulerías al Niño de Pura
En una de las disecciones del espectáculo, Antonio Rey decidió agradecerles a todos los guitarristas que le acompañaban entre el público. Se paró en el Niño de Pura, a quien le dedicó unas bulerías. «De chico, en México, me ponía sus vídeos, era lo que más me motivaba. Intentaba hacer los picaos que él hacía, pero no me salían». El maestro, emocionado, se vio obligado a levantarse como un torero desmonterado ante la avalancha de aplausos.