Bienal 2026
Del verbo Requenear
Juan Requena presenta en la Bienal todas las acepciones de lo que significa en su universo la guitarra
En la tarde se deja ver el viernes. Las mochilas de rueda suenan contra el asfalto como carcajadas. En la Plaza de la Encarnación hay niños con botas de fútbol y uniformes. El tardeo empieza para los padres en el bar Mundial. Hace calor ... de botella de agua, de buscar sombrita. Donde no aprieta el clima es dentro del Espacio Turina. Allí, en la sala Silvio, es donde Juan Requena presenta 'Requeneando', su primer cartel en solitario en una Bienal. Un músico que, después de haber desempeñado el acompañamiento junto a lo más granado del gremio y de haber sido reconocido por ello con el Giraldillo en la edición 2012, trae a escena su apuesta más personal. Una íntima biografía escrita con las notas de su guitarra, un viaje hacia un estilo que se ha ido moldeando con las experiencias y con los años. De la retaguardia, del noble arte de embellecer desde la sombra, al primer plano.
Las butacas se van llenando, hay saludos efusivos. Paco Robles y Lola Chaves entran de la mano y ocupan su lugar. Comentan que vienen a ver al guitarrista malagueño por el cariño que le tienen al haber formado dupla con José Valencia. Al apagarse las luces se produce un breve aplauso que es interrumpido por la celeridad con la que irrumpe el guitarrista. Lleva el rostro serio, como de circunstancia, el pelo recogido en un moño, camisa negra, pantalones camel y mocasines de ante marrón. Apenas en un segundo comienza, sin preámbulos, sin historias, de sopetón. Toca para dentro, su madera suena para él y luego para los demás. Hay dejes en las cuerdas que son como piedras que hacen el juego de la rana sobre un riachuelo. Los dedos se mueven a la velocidad en la que se apacigua el vértigo. Al terminar la primera pieza, clavando el final sobre el envés del cuerpo del instrumento, el público le aplaude y él agradece medio mudo, sin acercar la boca al micrófono.
«Vamos, Juan. Ole, Juan», le azuzan. Él habita en una calma imperturbable. Solo le cambia el gesto cuando cambia la cara de concentración por una mueca en la que cabe desde el desprecio hasta la súplica. Provoca con las uñas, la sonanta responde con un llantar de emociones que atraviesan al que las produce. En las breves pausas a la gente se le escapan los 'alas' y los 'oles'. Se pueden armar seísmos en el silencio. El malagueño consigue congelar los segundos, pausar el auditorio, para luego revolucionarlo. Es flamenco, es música clásica, pero también hay ramalazos de algo que podría llegar a considerarse country. Mientras él anda en su conjura Los Makarines salen por la esquina derecha de las tablas y se sientan en sillas de enea, provistas al lado de una mesita negra que usan para hacer compás. Las voces siamesas, idénticas en color y gitanería, se ponen a surfear por tangos sobre las olas que les ofrece el mástil melódico. Después aparece José Ángel Carmona, que se sumerge hasta las trancas y pone su garganta a apuntar hacia los techos. 'El Carmo' acentúa lo que se apunta con los acordes, le pone aceite al pan nuevo que hornea con los dedos el virtuosismo del protagonista.
El conjunto ayuda a descifrar la declaración de intenciones del nombre del espectáculo. Completa la definición que queda colgando. Requenear es llevar lo de atrás hacia adelante. Tocar la guitarra consiguiendo que hasta lo que no se escucha sea interesante.