Un León muy curtido y multifacético
La riquísima personalidad del Papa explica su capacidad de análisis y su modo de gobernar
Juan Vicente Boo
Cuando un joven misionero norteamericano, amenazado de muerte por Sendero Luminoso si no abandona inmediatamente el Perú, decide en cambio seguir ayudando a los fieles de su parroquia de Trujillo y sirviendo comida a los campesinos que han bajado de las montañas escapando del terror, ... es comprensible que no se deje intimidar tampoco por el presidente de su país.
La trayectoria familiar, académica, religiosa y vital de Robert Prevost ha ido esculpiendo poco a poco una riquísima personalidad, multifacética, que explica su extraordinaria capacidad de análisis y su sereno modo de gobernar.
Para empezar, «Rob», como le llamaban en casa, es hijo dos apasionados educadores, y ha heredado esa pasión. Su madre, «Sweet Millie», enamorada también de la música, mostraba en su tez morena rasgos de una mezcla racial típica del Caribe y Luisiana. Entre los antepasados del Papa hay tanto esclavos de África como esclavistas de Europa.
Su padre, apasionado también por el periodismo, se alistó voluntario en la Marina a raíz del ataque japonés contra Pearl Harbor, y acabaría pilotando lanchas de desembarco una y otra vez durante todo el Día D hasta la playa de Omaha, la más difícil y mortal en la cosa de Normandía.
Su abuelo paterno era un muchacho siciliano con un extraordinario talento lingüístico y un temperamento apasionado, que triunfó en Estados Unidos como profesor de varios idiomas, incluidos el francés y el español, pero tuvo que cambiar su apellido por otro de origen francés a raíz de un incidente sentimental.
Robert Prevost lleva dentro lo mejor de tres culturas: la norteamericana del Midwest, la más equilibrada; la latinoamericana del Perú, donde dilató su corazón sirviendo a personas pobres; y la romana en sus dos etapas, primero como estudiante de derecho canónico y después, durante doce años, como prior general de los agustinos.
El misionero que organizaba en Trujillo los comedores para los refugiados de las montañas se convertiría, ya como obispo de Chiclayo, en organizador de plantas embotelladoras de oxígeno que salvaron millares de vidas durante los años de la pandemia. Y no dudaba en ponerse las botas de goma para visitar a los damnificados por las inundaciones del «Niño costero» y grabar, en las calles inundadas, videos para pedir ayuda urgente.
En el nuevo Papa conviven armónicamente tres mentalidades: la del matemático, como licenciado por la Universidad Villanova de Filadelfia; la de teólogo por la Catholic Theological Union —una institución que enseñaba también a laicos y mujeres en los años setenta del siglo pasado y que contaba entre sus profesores un rabino—; y la de jurista, como doctor en Derecho Canónico por la prestigiosa Universidad Pontificia Santo Tomás de Aquino, de los dominicos, conocida como el «Angelicum». Su carácter reflexivo y analítico, pero a la vez muy práctico y ejecutivo, procede de esas tres mentalidades.
También se pueden ver en él tres perfiles muy marcados. En primer lugar el de misionero, que ha seguido siendo toda la vida. En segundo lugar, el de viajero universal, pues como prior de los agustinos ha recorrido nada menos que 46 países, incluidos muchos con graves problemas, y viajado dos veces a China.
Ahora que llega a nuestro país conviene recordar que ha viajado a España en cincuenta ocasiones, visitando al menos una treintena de ciudades desde aquel primer periplo de un mes y medio en furgoneta como peregrino a Santiago de Compostela en julio del Año Santo de 1982, que le permitiría conocer desde la garganta del Cares o los Picos de Europa en Asturias hasta la memoria de Teresa de Jesús en Ávila y llegar por primera vez hasta Madrid.
En aquel largo viaje, los cinco jóvenes agustinos se alojarían en casas de la Orden o dormirían también con frecuencia en las tiendas de campaña instaladas en cualquier prado. Eso le permitió descubrir, según uno de sus acompañantes, «que en Galicia también puede llover repentina y torrencialmente en mitad de una noche de verano», obligándoles a recoger las tiendas calados de agua hasta los huesos.
El tercer perfil, perfectamente compatible con los otros dos, es el de insider del Vaticano, pues Francisco le fue nombrando miembro de cada vez más dicasterios —departamentos—hasta llegar a nada menos que nueve en los años previos a su elección. Era el Papa que asumía su tarea con un mejor conocimiento del mundo global desde fuera y de la Curia vaticana desde dentro.
Este cuadro de conocimientos le convirtió en un admirador de España, cuya tarea evangelizadora conoció de primera mano no solo en Perú sino también visitando varias veces San Agustín, Florida, la primera ciudad europea en lo que hoy son los Estados Unidos, fundada por el almirante y explorador asturiano Pedro Menéndez de Avilés en 1565, mientras que los primeros colonos británicos no llegarían a Massachussets hasta 1620.
Su admiración por nuestro país se apoya también en haber conocido a lo largo del mundo a centenares de misioneras y misioneros españoles, personas muy generosas y volcadas en servir a la población local, muchas veces en lugares difíciles, tanto en tiempos de calma como de tormenta.
Siguiendo con las tríadas —como homenaje al primer Papa matemático desde hace un milenio— León XIV muestra tres líneas de continuidad con sus inmediatos predecesores. El espíritu misionero de Francisco, que llegaría a viajar hasta Mongolia; el talento intelectual de Benedicto XVI, rasgo desconocido para el gran público, pues no había escrito libros, pero que afloró desde sus primeros discursos y grandes mensajes. Y la preocupación por los trabajadores que caracterizaba a san Juan Pablo II.
En esa línea social se sitúa la elección del mismo nombre que León XIII, el Papa de la «Rerum novarum» (1891), la encíclica que inauguró la doctrina social de la Iglesia para hacer frente a las tremendas desigualdades y abusos que la primera revolución industrial, la de la máquina de vapor, y la segunda, la del petróleo, llevaban causando durante casi un siglo.
León XIV prolonga esa trayectoria pero con una gran diferencia. Su encíclica «Magnifica Humanitas» sobre la revolución digital y la inteligencia artificial llega a solo tres años de la aparición de ChatGPT, la primera IA que empezó a revolucionar el mundo en que vivimos. «MH» conseguirá, por tanto, evitar parte de los posibles estragos de esos instrumentos cuando se utilizan sin un mínimo sentido de responsabilidad social por parte de empresas.
El Papa matemático ha sido el primero en participar en la presentación de una encíclica, y lo hizo acompañado de dos teólogas y un multimillonario canadiense, Chris Olah, cofundador de Anthropic, la empresa que ha creado Claude y su poderosísima versión Mythos, de circulación deliberadamente limitada por motivos de seguridad.
Aunque es más clásico en el modo de vestir, León XIV mantiene el impulso innovador de Francisco en varios terrenos clave, como el de la sinodalidad, que ha extendido al modo de trabajar del colegio cardenalicio y que tendrá una expresión muy visible en la Asamblea Eclesial —no episcopal— de octubre de 2028.
Si el Papa argentino nombró la primera prefecta en la Curia vaticana poniendo a la misionera Simona Brambilla al frente del dicasterio para la Vida Consagrada, responsable de todas las grandes órdenes religiosas tanto masculinas como femeninas, el Papa norteamericano ha nombrado la primera prefecta laica —la mexicana Montse Alvarado, periodista veterana— que asumirá en noviembre la jefatura del dicasterio para la Comunicación.
Sin que mucha gente lo notase, el pasado mes de abril, León XIV nombró a Paola Fanelli primera jefa de personal en la historia de la Santa Sede. La jefatura está en la secretaría de Economía, cuyo primer prefecto laico es, desde 2022, el español Maximino Caballero Ledo, un profesional de las finanzas con larga experiencia previa en Estados Unidos.
La última de las tríadas podría ser la de las aficiones. Robert Prevost, ordenado y disciplinado al máximo, se va todos los martes a la villa pontificia de Castel Gandolfo, donde juega un partido de tenis y a veces nada o pasea. Su segunda afición es la música, heredada de su madre. Tocaba a veces la guitarra o el piano pero, sobre todo, canta muy bien. Como a todo norteamericano de su generación, le apasionaban los automóviles e incluso era muy bueno reparándolos en Perú. Pero, sobre todo, le gustaba conducir largas horas escuchando música popular en aquellos audio-casetes del siglo pasado, en que a veces había que enrollar la cinta con un lápiz hexagonal.
La tercera afición es el Wordle de «The New York Times», a veces en competición con su hermano John, el de Chicago, hasta el día en que la «fumata blanca» cambió su vida. Aún así aquella noche estuvo contestando los Whatsapps de sus amigos. Uno de los que viven en España lo recibió a las 22:50. Otro, a las cuatro y media de la madrugada. Ese es el estilo de León XIV.
Juan Vicente Boo