Consecuencia: esta inmensidad de diez millones de habitantes (todos muy amables, por cierto) se las ingenia para pasar inadvertida con cierta facilidad. La gente de Tianjin es de corte agradable: no son pocos los que saludan en inglés a los guiris por la calle, con la intención de hacerles sentir cómodos y que la ciudad escale puestos en la lista de destinos favoritos. El sentido de comunidad es algo que desde luego impresiona y que sólo se entiende con el minucioso carácter chino.
La ciudad (TJ en adelante) luce el puerto más grande de la China septentrional, lo cual no es un puntazo desde el punto de vista de un visitante medio. Vale que es más habitable y manejable que Pekín, pero tampoco se ven las estrellas por la nube tóxica que la envuelve a la ciudad. No se trata de algo demasiado noticioso, si se tiene en cuenta que 16 de las 20 urbes más contaminadas del mundo están en China.
Al menos no se pega uno media jornada enclaustrado en transportes urbanos, como sí sucede en la gran capital mandarina. El casco antiguo de TJ ha sufrido un proceso de deterioro y posterior reconstrucción que lo ha convertido en una suerte de resultado impersonal, a medio camino entre un extraño parque de atracciones de cartón piedra y un decorado del viejo este, en el caso que nos ocupa.
Mucho botox y poco lerele. Por salvar hay que apuntar un templo de Confucio que suele estar cerrado, un mercado de antigüedades chusquero... casi mejor ni sigo.;Lo más agradable de largo es su ribera, decente y paseable junto a río Hai. No se recomienda el baño ni la pesca si no se pretenden sobresaltos, eso sí.
El espíritu de la China antigua palpita cada amanecer a través del taichi, sin tilde. Algunas de las mejores escuelas del país se concentran en las inmediaciones de TJ. La doctrina trata de ahuyentar al rival sin recurrir a la fuerza y con el mínimo esfuerzo. Se basa en un principio taoísta: la suavidad vence a la dureza. Los ejércitos de practicantes en los jardines ribereños merecen la pena. Bien por TJ.



















