La H.C. Hus es el mayor atractivo de una ciudad limpia y cuidada hasta decir basta. Ubicada en un barrio impuluto, la casa natal de creador de cuentos como El soldadito de plomo, La princesa y el guisante y La sirenita (entre otros mucho) es un punto de encuentro obligado para los que deseen soñar despiertos. El peterpanismo tiene su espacio natural aquí.
La vivienda en la que Andersen pasó buena parte de su vida es a día de hoy un museo interactivo donde se puede seguir su trayectoria vital a través de sus cuentos, sus viajes, sus enseres y sobre todo, sus detalladísimos dibujos manuscritos y creaciones de papiroflexia. En el llamado 'gabinete de curiosidades' se puede admirar su famosa chistera y la cuerda con la que viajó durante nueve años. H.C. siempre estaba aterrado con la posibilidad de que su alojamiento saliera ardiendo y necesitaba ir acompañado de un utensilio que le permitiera salir por la ventana en caso de emergencia. Los genios también tienen sus manías. Por cierto, estuvo en España en 1862 y 1866 y quedó encantado.
Andersen vivió entre 1805 y 1875, en una época en la que sólo el 60 por ciento de los niños en Europa sobrevivían. Sus creaciones hicieron época y lograron que la vida fuera más divertida para la mayoría. El museo también permite reconocer las estancias en las que H.C vivió, tal y como lucían en su época. Hay un taller para que los más pequeños dibujen y aprendan el legado de los cuentos que sirven de bandera en Dinamarca. Para la despedida, un cuentacuentos en todos los idiomas que existen. El mundo debería ser así.
A la salida del museo no está de más tumbarse al cuidado césped que lo rodea y leer algo mientras se da de comer a los patos. Así es Odense. Luego habrá que acudir a la cercana Catedral de san Knud, construida en el siglo XI en impecable estilo gótico del norte de Europa. Aquí se encuentran los restos del rey Knus, patrón de Dinamarca, además de un impresionante retablo con más de 300 figuras.
H.C. EN TODAS PARTES
Un agradable paseo por el restauradísimo casco histórico contempla una parada obligada en Den gamle Kro, una taberna que lo es desde 1863. Los mejores platos de la cocina local se sirven aquí con cerveza de la ciudad. Eso sí, se paga. La tradición marca acudir en la sobremesa al City Club, en Kirkestraede, donde se demuestra que la afición de Odense por el juego de billar no es cosa de niños. No es ningún cuento. Los que no sean muy duchos en la materia pueden salir a las siempre silenciosas calles y perderse por el callejón Vintapper straede, donde H.C. residió durante una temporada. A pocos metros se levanta una imponente estatua. Lo han adivinado, también representa a H.C. Normal, hizo comer perdices a mucha gente.



















