Previamente se ofrece jamón por las calles del pueblo a todos los visitantes. Más de un vegeteriano se ha cambiado de acera por obra y gracia de estas fiestas. La cita de Lanjarón ofrece lo mejor de la tierra, eso está claro. También lo peor, en forma de impresionantes atascos a la entrada del pueblo. En mi caso hablo de horas para acceder. Incluso tuve que aparcar el coche a tres kilómetros del núcleo urbano y continuar a pie, bastante más rápido que al volante. En plena oscuridad, copa en mano. Contra el reloj para llegar a tiempo del comienzo de la batalla del agua. No éramos los únicos que sufrimos el infernal tráfico. Aquello parecía una procesión de zombis.
De repente se escucharon los cohetes que marcan la salida. El ruido de la gente era espectacular. El gusanillo de estar en la pomada me hizo comenzar a correr. Momento estampida. Muchos me siguieron. Provistos de cubos, la estampa era propia de una película de Berlanga.
Todos los relojes marcaban las doce y cuarto cuando llegamos al pueblo. Nada más llegar nos cae un manguerazo por la derecha y un cubo de agua por la izquierda. Ya estábamos chorreando, qué grande. La calle era un festival de tambores y campanas a ritmo de carnaval en dirección a la plaza del pueblo. Desde los balcones asomaban mangueras y cubos de agua a tutiplén. A pie de calle mucho personal ataviado como un bombero... La adrenalina fluía y fluía mientras nos tiramos cubos de agua los unos a los otros. Hay que estar en forma para aguantar, oiga.
Una vez que me aburrí de echarle agua a las amistades, opté por entrar en discriminada y desigual batalla. El escalonamiento de la violencia no conoce límites: en poco rato me la jugaba tirándole todo el agua del mundo a la gente de la manguera y a demás sujetos disfrazados de qué sé yo. Pensé que ojalá todas las guerras del mundo fueran en este plan.
Resultaba ridículo el hecho de que te pusieras chorreando cuando se iba a por agua en una manguera. El otro punto de abastecimiento es la misma calle por la que corre un auténtico río. Eso sí, cargadito de suciedad y arenilla. Si se rebaña bien el pavimento nunca faltan municiones. Claro que había uno que gritaba agua del suelo no. Por supuesto se ganó varios cubos de agua negruzca sobre su cabeza por emitir la queja. Por hablar. En realidad la razón era suya. Lo sé porque el gusto de este agua en la boca es repugnante. Habla la voz de la experiencia. Sólo es divertido cuando le pasa a los demás.
Estuvimos guerreando hasta alcanzar la Plaza de la Constitución. Estaba agotado, la verdad. A la una en punto de la noche prendieron el cohete que señala el final de batalla. Tras una hora de remojones, todo había terminado. Qué frío hacía, en plena sierra y de madrugada. Fue entonces cuando vimos la luz, un puesto de pollos asados. Estratégica visión comercial. Buena parte de la muchedumbre se juntó para secarse con el fuego del horno. Cómica estampa: el personal arremolinado secando sus billetes. En manada. Un componente antropológico de la fiesta, sin duda. A falta de jamón, buenos son pollos.
Previamente se ofrece jamón por las calles del pueblo a todos los visitantes. Más de un vegeteriano se ha cambiado de acera por obra y gracia de estas fiestas. La cita de Lanjarón ofrece lo mejor de la tierra, eso está claro. También lo peor, en forma de impresionantes atascos a la entrada del pueblo. En mi caso hablo de horas para acceder. Incluso tuve que aparcar el coche a tres kilómetros del núcleo urbano y continuar a pie, bastante más rápido que al volante. En plena oscuridad, copa en mano. Contra el reloj para llegar a tiempo del comienzo de la batalla del agua. No éramos los únicos que sufrimos el infernal tráfico. Aquello parecía una procesión de zombis.
De repente se escucharon los cohetes que marcan la salida. El ruido de la gente era espectacular. El gusanillo de estar en la pomada me hizo comenzar a correr. Momento estampida. Muchos me siguieron. Provistos de cubos, la estampa era propia de una película de Berlanga.
Todos los relojes marcaban las doce y cuarto cuando llegamos al pueblo. Nada más llegar nos cae un manguerazo por la derecha y un cubo de agua por la izquierda. Ya estábamos chorreando, qué grande. La calle era un festival de tambores y campanas a ritmo de carnaval en dirección a la plaza del pueblo. Desde los balcones asomaban mangueras y cubos de agua a tutiplén. A pie de calle mucho personal ataviado como un bombero... La adrenalina fluía y fluía mientras nos tiramos cubos de agua los unos a los otros. Hay que estar en forma para aguantar, oiga.
Una vez que me aburrí de echarle agua a las amistades, opté por entrar en discriminada y desigual batalla. El escalonamiento de la violencia no conoce límites: en poco rato me la jugaba tirándole todo el agua del mundo a la gente de la manguera y a demás sujetos disfrazados de qué sé yo. Pensé que ojalá todas las guerras del mundo fueran en este plan.
Resultaba ridículo el hecho de que te pusieras chorreando cuando se iba a por agua en una manguera. El otro punto de abastecimiento es la misma calle por la que corre un auténtico río. Eso sí, cargadito de suciedad y arenilla. Si se rebaña bien el pavimento nunca faltan municiones. Claro que había uno que gritaba agua del suelo no. Por supuesto se ganó varios cubos de agua negruzca sobre su cabeza por emitir la queja. Por hablar. En realidad la razón era suya. Lo sé porque el gusto de este agua en la boca es repugnante. Habla la voz de la experiencia. Sólo es divertido cuando le pasa a los demás.
Estuvimos guerreando hasta alcanzar la Plaza de la Constitución. Estaba agotado, la verdad. A la una en punto de la noche prendieron el cohete que señala el final de batalla. Tras una hora de remojones, todo había terminado. Qué frío hacía, en plena sierra y de madrugada. Fue entonces cuando vimos la luz, un puesto de pollos asados. Estratégica visión comercial. Buena parte de la muchedumbre se juntó para secarse con el fuego del horno. Cómica estampa: el personal arremolinado secando sus billetes. En manada. Un componente antropológico de la fiesta, sin duda. A falta de jamón, buenos son pollos.