La pobreza sorprende, puesto que hay una nutrida presencia de codiciadas minas de oro y hierro. La alegría de este pueblo le imprime un carácter diferenciador con el resto de etnias senegalesas, especialmente referenciado en sus constantes fiestas. La sonrisa está a la orden del día. Es un lugar absolutamente perfecto para desconectar. Si alguna vez quiero desaparecer ya tengo decidido dónde.
La puerta de entrada es Kédougou. Se trata de una ciudad relativamente pequeña que sirve como perfecta base de operaciones antes de dejar atrás la civilización y olvidarse de ella. Una polvorienta y zigzagueante pista de tierra conecta con el principal poblado Bassari, Selémata. A medio camino, una cantera de mármol invita a una pequeña parada para ir asimilando. El paisaje se decora con diminutas aldeas construidas con cañizo. Vamos bien.
Selémata en puridad no es gran cosa. El modesto campamento Chez Gilbert es aparentemente el único lugar para alojarse. Sus modestas cabañas cuentan con un barreño de agua para asearse, ¿suficiente? Para las necesidades fisiológicas hay que acceder al retrete común (y de puertas abiertas) que está a unos 30 metros de la habitación. El propio y mítico Gilbert carga el agua desde un pozo cercano hasta el aseo para mantener la 'limpieza'. No es extraño encontrarse una rana por allí. Parece incomodo, pero como dice el anfitrión: "esto es África". Mejor Gilbert que Shakira y no hay más que hablar.
EL LUJO DEL AIRE LIMPIO CON UN FUÑO COMPARTIDO
Lo mejor que se puede hacer aquí es disfrutar del mundo. Tan simple y tan complicado a la vez. Las aportaciones son el aire limpio (ese lujo tan devaluado) y una buena conversación sobre la diferencia entre la gran ciudad y el país Bassari. Además de compartir Fuño, una comida hecha a base del cereal del mismo nombre. Hacerlo con comensales locales es una experiencia gratísima.
Muy agradable también es pegarse un paseo para ver cómo unos aldeanos tienen un vivero de hortalizas y verduras perfectamente cuidado y observar a los niños jugando al fútbol junto un castillo. Sí, un castillo. Puede que suene extraño en un lugar tan remoto, pero a un francés de mente ida le dio por construirlo. Sin embargo, lamentablemente no lo pudo terminar, ya que vino su padre a recogerlo y lo mandó de vuelta a casa. Pero su obra queda ahí expuesta. Pienso que abandonada como está va más acorde al entorno. Es todo tan peculiar.
A escasos kilómetros está Ebarack. Ésta sí es ya una auténtica aldea Bassari. Los niños corren de arriba abajo, las mujeres trabajan en temas de cocina, los hombres sestean bajo unos toldos y un jefe parece dispuesto a comercializar con sillas artesanas. Las construcciones son de piedra y techo de cañizo, toda una perfecta adaptación a la climatología.
En la noche oscura y silensiosa, el Auberge Walo Bassari se presta para tomar una Gazelle, la genuina cerveza senegalesa. También es una buena opción para pernoctar. Con tan poca luz lo mejor es acostarse pronto para levantarse con el sol y empezar un nuevo día. Y vivir.



















