25 aniversario del 11-S
Las grietas con la UE que siguen sin cerrarse
La crisis entre Bruselas y Trump no es nueva; la guerra de Irak ya abrió la espita en 2003
Restañar la maltrecha relación con la Casa Blanca de Donald Trump. La propuesta suena a nueva, pero resulta casi tan antigua como el tremendo drama ... de los atentados yihadistas en Nueva York hace 25 años. Quizá por este motivo, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, quiso el jueves, en la víspera del triste aniversario, reivindicar la importancia de mantener a salvo la unidad entre la UE y Estados Unidos en un mundo en guerra y plagado de nuevas amenazas geoestratégicas.
«Europa supo de inmediato dónde estaba. Estuvimos junto a EE UU», recordó la dirigente comunitaria, en un comunicado en el que insistió en el valor de las alianzas frente a «la rivalidad entre grandes potencias, la guerra y la confrontación entre Estados». El canciller Friedrich Merz ahondó en el mismo argumento tras asegurar que el aniversario «nos resulta profundamente conmovedor. En aquel momento, como alemanes, sentimos en carne propia cuánto compartíamos con nuestros amigos estadounidenses». En un alegato a la unidad transatlántica, el dirigente cristianodemócrata subrayó que el atentado de Al Qaeda contra las Torres Gemelas constituyó «también un ataque a nuestra forma de vida. Alemania sigue decidida a mantenerse al lado de EE UU en la defensa de los valores» mutuos de «libertad, democracia y respeto».
Transcurrido un cuarto de siglo, la sensación es que la confrontación latente a ambos lados del Atlántico parece haber surgido de la volubilidad iracunda del presidente estadounidense. Y, sin embargo, es posible rastrearla desde 2003, cuando las discrepancias entre los socios europeos respecto al apoyo a la guerra de Irak motivó a Donald Rumsfield -entonces secretario de Defensa de George W. Bush- a expresar el enfado de la Casa Blanca. El político republicano fue el encargado de acuñar los términos de 'vieja' y 'nueva Europa' para explicar las turbulencias continentales. Dos años después del 11-S, resultó evidente que el cerrado apoyo de la UE a EE UU se fisuraba.
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Aquella Europa estática según Rumsfield la lideraban Francia y Alemania, el histórico eje franco-alemán, mientras otros socios de la OTAN como España, Portugal, el Reino Unido e Italia encabezaban el grupo de respaldo a la intervención armada. De estos se estimó que preferían la sintonía con Estados Unidos, continuar bajo su tutela defensiva y sentarse en los cómodos sillones de las Azores con Bush, como hicieron José María Aznar y Tony Blair en plan barbacoa en un rancho de Texas.
Incomodidad permanente
La actitud de Francia apenas causó sorpresa. La tesis es que aprovechó el momento para remarcar su rol entre los Veintisiete y dejar claro a la Casa Blanca que no podía tomar una decisión de tal calado sin consultar antes a Europa. Una reivindicación del popular «multilateralismo» cuyo concepto Trump parece no haber aprendido a juzgar por la crisis con Irán y su desapego hacia Ucrania.
La negativa germana sorprendió más en el ámbito internacional dada la prolongada y buena relación entre Berlín y Washington. Alguien dijo que el canciller socialdemócrata Gerhard Schröder temió una rebelión de su gabinete si ponía las botas de cowboy sobre la mesa.
Ese cuarto de siglo ha sido singularmente pródigo en la mejora de la seguridad transnacional
La discrepancia ha permanecido como una incomodidad permanente estos 25 años. Ni siquiera los presidentes demócratas Obama y Biden han logrado resolverla a pesar de que, singularmente, ha sido un cuarto de siglo pródigo en la mejora de la seguridad transnacional. Bruselas ha incrementado los efectivos y medios de Europol y de la Agencia para la Cooperación Judicial Penal, solventado las dificultades de cooperación interfronterizas y fortalecido la mutua colaboración con la Inteligencia estadounidense frente al terrorismo que nunca duerme y crece con el extremismo doméstico y los movimientos ultras. En 2003, el Consejo aprobó la Estrategia Europea de Seguridad, en gran medida forzada por el distanciamiento con EE UU. El nuevo proyecto de rearme demuestra que el Atlántico sigue siendo muy ancho.