Victoria de La Roja en el Mundial
Fútbol es fútbol... ¿y también identidad?
La selección ha sido espejo de un apego masivo y transversal que puede visualizar una forma de «nacionalismo banal»
El 16 de julio de 1950, el 'Negro jefe', figura imponente, liderazgo nato, arengó a un encogido vestuario con una llamada al coraje calmado: «Los ... de afuera son de palo y en la cancha seremos once contra once». Ese exterior hostil lo encarnaban decenas de miles de brasileños apiñados en Maracaná con el cuerpo de fiesta de quien solo se ve alzando la Copa del Mundial en feliz orgía colectiva. Obdulio Varela, el capitán de Uruguay, apeló a la entereza de su equipo recordando la esencia del balompié: un juego con las mismas almas sobre el césped. Pero el fútbol no ha sido nunca solo fútbol. El 'Maracanazo' aún se recuerda como el triunfo legendario no de una selección, sino de todo un país, condenado a ver su orgullo nacional históricamente encajonado entre Brasil y Argentina. Aquel día eléctrico alumbró la 'garra charrúa' como expresión de la identidad que se impone al pronóstico adverso. Ni la política ni la economía uruguayas sobrevivieron al mito futbolístico. Pero esa es otra historia.
El pasado 19 de julio, 76 años después del 'Maracanazo', una selección talentosa, moderna y mestiza entrenada por un señor «de Haro sin relato de marca personal» -la definición es de César Calderón-, «taurino, católico y más de derechas que el grifo del agua fría» -bromea Ramón Espinar-, permitió que gentes diversas en la España de la polarización se abrazaran en las calles extasiadas por una conquista entendida como un bien común. Gentes nacidas en lugares distintos, con ideologías plurales y modos de vida dispares, se fundieron en un jolgorio compartido vestido con una única camiseta: la de La Roja. Dieciséis años después de conseguir su primera estrella mundialista en Sudáfrica, la selección española que lleva ya adherida a su piel los colores múltiples de un país de acogida galvanizó de nuevo a sus conciudadanos imponiéndose a la Argentina más bronca en un lugar tan poco futbolero como Nueva York.
Aquella España de 2010 con Vicente del Bosque en el banquillo y esta, con Luis de la Fuente al mando -más flemático uno, más enfático otro, pero nada dados ambos a la alharaca de la jactancia-, ha establecido un hilo conductor de identificación con el combinado nacional. Una seducción que Ignacio Urquizu cree más propia de los clubes que de las selecciones desde que el fútbol es fútbol: el espejo en el que se han mirado millones de ciudadanos, millones de hinchas, «por el origen de los equipos, su formación, los jugadores que han tenido o la masa social que los ha respaldado».
Pero pese a la simpatía «transversal» -coinciden los tres expertos reunidos en este reportaje- que despierta La Roja, la algarabía por su hazaña no fue unánime. Y no solo porque -aunque no lo parezca- hay también otras gentes entre las gentes del país que abominan del fervor que suscita ver rodar el balón. En Euskadi y en Cataluña la bandera de otros sentimientos identitarios, proyectados en la aspiración de selecciones propias, se agitó en su expresión más excluyente y violenta con agresiones a hinchas de La Roja -la detención por la Policía Nacional de dos sospechosos ha derivado en un choque competencial con el Gobierno vasco- y la vandalización en Barcelona del mural dedicado a Ferran Torres, autor del gol decisivo en la final mundialista, pintarrajeado con la letra escarlata del 'Puta Espanya'.
La intimidación antiespañola llegó al extremo en la localidad navarra de Berriozar, donde una veintena de embozados la emprendieron a golpes contra un grupo de soldados que estaba viendo la final en un bar. «La ironía es de manual», apunta Calderón, consultor político en Redlines, autor de 'Cómo ganar unas elecciones', un ensayo en el que recurre a partidos de fútbol para ilustrar otras tantas campañas, y fan de 'corazón partío' entre el Athletic de Bilbao y el Real Madrid. «Nico Williams nació en Pamplona, hijo de ghaneses que cruzaron el desierto. A pocos kilómetros está Berriozar, donde unos encapuchados se dedicaron a apalear. A ver quién representa ahí la comunidad y quién al forastero», interroga, retórico, tras subrayar -también lo hacen Espinar y Urquizu- la notable producción teórica que ha sembrado el fútbol, más allá de lo estrictamente deportivo, como fenómeno de adhesiones en masa.
Lo dejó escrito el historiador británico Eric Hobsbawm, en traducción doméstica: el deporte rey hace que se vuelva tangible la comunidad imaginada de la nación a través de once jugadores dándole al balón. Calderón y Espinar -el politólogo y expolítico madrileño es otro merengue, también abonado al Rayo Vallecano del que son devotos sus hijos- explican la comunión construida, al menos durante lo que duró el Mundial y su gozosa resaca, trayendo a colación el «nacionalismo banal» de Michael Billig; el concepto con que describe cómo los Estados-nación reproducen sus nexos con la ciudadanía gracias a formas de identificación asimiladas porque integran su rutina.
El caldo de cultivo
Espinar recuerda cómo los grandes deportes de masas de principios del siglo XX eran, junto al fútbol, el boxeo y el ciclismo. Si el primero es el que se ha consolidado como experiencia de alcance global es porque en torno al mero juego se articulan «comunidades políticas». «Lo que ha hecho grande el fútbol en todo el mundo es la idea de que esos once no solo juegan a la pelota, sino que son once que nos representan a todos», argumenta. Y añade: «Las selecciones nacionales son el caldo de cultivo perfecto para la elaboración de símbolos de pertenencia muy fuertes y muy poco conflictivos». «El fútbol revela mucho más de lo que fabrica -complementa Calderón-. Es el mejor sismógrafo que tenemos, porque mide tensiones que en un cuestionario la gente disimula y en la grada, no».
El asesor vasco da por sentado que millones de aquellos que se sienten españoles han experimentado un sentimiento de identificación con una Roja que no solo ha ganado el Mundial en conjunto, sino que sus individualidades -Rodri, Curbasí, Simón, Oyarzabal...- han sido reconocidos como los mejores, encarnando virtudes y valores que invitan a ufanarse colectivamente. Pero la futbolística es, precisa Calderón, una «identidad rarísima: intensidad altísima y compromiso bajísimo. Cuesta cero», remata. Urquizu -sociólogo y excargo político que hoy disecciona comportamientos y tendencias para Metroscopia, barcelonista de militancia y entrenador en categorías femeninas- remarca que la identificación nacionalista con las selecciones puede tender a vincularse con la superación de trances «traumáticos», por la vía de volver a abrazarse a una bandera de todos.
Desde el rechazo a toda intolerancia violenta, Espinar comprende que las «identidades nacionales subestatales» agiten la reivindicación de selecciones propias. «Si no contestas a la adhesión transversal y mayoritaria [de La Roja] y manifiestas que eso no es natural sino político, estás sufriendo una derrota cultural de primer orden». Las encuestas de Metroscopia apuntan a que el 36% de la ciudadanía está a favor de esa reclamación, con apabullante apoyo entre los nacionalistas y con elementos divisivos en las izquierdas. Lo que demuestra el apego al equipo español es que la polarización es «más inducida que real -concluye Calderón-. Cuando aparece un 'nosotros' más grande, la hostilidad entre tribus baja».