Historias incontables
John Edgar Wideman tiene 82 años y es, junto a Doctorow y Philip Roth, uno de los autores estadounidenses que ha ganado dos veces el ... premio Faulkner. Considerado como una de las grandes voces afroamericanas del país, coinciden en su figura la autoridad del maestro consagrado y la herida de una tradición desplazada. Si la combinación no es infrecuente, Wideman la encarna de un modo radical. Lo demuestra su último libro, 'Ruta de esclavos', que lleva al extremo la mezcla entre la ficción, las memorias y el ensayo histórico que Wideman ha hecho suya.
Esta vez la novela carece de trama, la memoria adquiere una textura alucinada y el ensayo rebosa subjetividad. 'Ruta de esclavos' parte de una premisa extrema: abolir el tiempo y considerar la ruta esclavista del Atlántico como un espacio perpetuo, más relacionado con la propia existencia que con la historia. Por él transita el misionero decimonónico William Henry Sheppard y también el propio autor, su hermano o su hijo. Descendiente él mismo de esclavos, Sheppard viaja al Congo y documenta las atrocidades coloniales mientras convierte al cristianismo a los nativos y se aprovecha de sus mujeres. El hermano y el hijo de Wideman pasan por distintas razones sus vidas en la cárcel, sometidos por un poder esquivo y absoluto. Siempre presente y expuesto, el autor va de una historia a otra, no tanto mezclándolas como presentándolas de un modo simultáneo. Eso permite que aparezcan en el mismo plano, frente al lector, los esclavos de la tribu kuba, el Joseph Conrad de 'El corazón de las tinieblas' y la madre del autor hablando en un podcast sobre su hijo y su nieto encarcelados. La simultaneidad es tal que Wideman puede también dirigirse a William Henry Sheppard para contarle que su hermano ha tenido un hijo en prisión. «Así siguen las cosas en esta ruta de esclavos».
Todo sucede a través de un monólogo de libertad y potencia. En él, las frases extensas se acumulan y vuelven sobre sí mismas para verse con frecuencia frenadas por series breves que retumban. Hay algo rabioso y oracular en una escritura que lleva la autoficción, tan exprimida, a un lugar distinto y repleto de autenticidad. Si un escritor es una mirada y una voz, Wideman es uno de valía incuestionable. A cambio, la fórmula es tan arriesgada que corre el peligro de incurrir en lo asfixiante. Es probable que en ese sentido 'Ruta de esclavos' no alcance el equilibrio del estupendo 'Escribir para salvar una vida', su antecesor en este género híbrido que mezcla hechos y memoria para construir «una historia hecha de historias contadas, contadas de nuevo, no contadas, incontables».