Columna de televisión
Tertulianos
Estos días estamos viendo escenificaciones histriónicas que rozan el porno emocional
Hay formatos de televisión que se ponen de moda, que arrasan entre la audiencia, aunque no es fácil vislumbrar cuál es el secreto de su ... éxito. Son producciones atractivas motu proprio o nos las 'meten por los ojos'. Como los best-sellers que venden una barbaridad porque están en el escaparate de las grandes superficies de venta. Hay libros mucho mejores en el interior de la librería que no corren la misma suerte. Triunfa el 'true crime', gracias al morbo inherente al ser humano, y proliferan en las parrillas de los canales generalistas los late shows, conducidos generalmente por sujetos que prefieren escucharse a sí mismos antes que al invitado. Pero si hay un concepto audiovisual que últimamente acapara las programaciones es la tertulia televisiva, un formato relativamente económico, sin aparente fin, que requiere un plató y una plantilla de colaboradores que no tienen que ser necesariamente profesionales. Los guionistas a sueldo pasan por ahí para echar un cable al moderador y poner algo de orden en el circo de una pista. La cuestión técnica es bastante sencilla para un realizador con un mínimo de experiencia.
Charlatanes profesionales hay a porrillo. Gente con ganas de opinar de todo sobra en este mundo. «Que no pase un día sin que des tu opinión de mierda», cantaban Los Punsetes. Reforzados por su presencia en redes, donde la viralidad del insulto y el exabrupto manda, los tertulianos de pro, algunos convertidos en fichajes estrella, se ganan los garbanzos alimentando una personalidad con una ideología que abre puertas. Cierto esperpento siempre da puntos y radicalizarse asegura el sustento. Estos días estamos viendo escenificaciones histriónicas que rozan el porno emocional, luego dan visitas al programa de turno y a los perfiles en internet de cada cual. Una maniobra perfecta para generar ruido mediático, romper récords de audiencia y hacer caja.