Gijón
La langosta del Cantábrico (Palinurus elephas) es un manjar ancestral. Ha sido un tesoro desde tiempos remotos. Llamada también langosta espinosa europea, su cuerpo es ... rojizo o pardo con manchas amarillentas, adquiriendo al hervir un color rojo intenso. No tiene grandes pinzas delanteras, pero sí espinosas antenas que exceden ampliamente su cuerpo. Pescada mediante métodos artesanales con nasas y redes de enmalle, la langosta se captura de manera sostenible en los nueve primeros meses del año, lo cual ayuda a preservar las poblaciones locales.
La bondad histórica de este crustáceo permitió la utilización masiva de nasas. En los años 20 se estimaban más de 10.000 nasas en uso, con capturas anuales de hasta cincuenta toneladas, involucrando a un gran número de pescadores en el Cantábrico y en el Atlántico gallego.
Originalmente, las langostas se consumían simplemente cocidas, sin salsas. Sin embargo, a partir del siglo XVIII se introdujo la vinagreta en familias acomodadas, y ya en el XIX apareció la mahonesa, hasta combinar ambas salsas en presentaciones contemporáneas. A pesar de estas innovaciones, la versión más apreciada sigue siendo la langosta cocida viva, sazonada con sal y un chorrito de aceite para realzar su sabor natural. También se prepara a la plancha (últimamente está muy en boga añadirle huevos fritos al estilo menorquín como lo hace Pili –con bogavante– en Los Pomares) o en caldereta, guiso marinero clásico en el que la langosta se deja acompañar de una corte formada por destacados miembros de la nobleza marina, que fue puesto en valor por Don Calixto, primer director de este diario, y que da nombre a los premios (las Calderetas) que concede anualmente este suplemento gastronómico: YANTAR. Actualmente existe también alguna vez versión exótica, como la langosta con chocolate. En cualquier caso, un manjar siempre.