Gijón
En tus paseos por San Lorenzo te topas con un palo muy bien colocado, vertical e inquebrantable al desaliento. Está la playa estos días llena ... de troncos, ramas, malezas –los plásticos los recoges– y el palo en cuestión seguro que se lo curró un ocioso sin mayor ocupación. Está bien fijo. ¿Cuál será su propósito? Quizá una invitación a vivir sin dar un palo al agua. Es lo primero que te viene a la mente. Cuando paseas por la orilla, remojando los pinreles repasas el presente con meridiana placidez. Este lunes, en concreto, te recreaste en los goles del Sporting, que siempre sale al rescate del desánimo cuando ya hemos tirado la toalla. La imagen para el recuerdo es la de Manolo Mesa, entrañablemente viejo, con su rostro arrugado y su bigote blanco llevándose las manos venosas al pecho como muestra de gratitud. Ver jugar a Mesa en aquellos gloriosos años setenta y ochenta –junto a Ferrero, Joaquín, Cundi, Quini, Uría, Maceda...– fue un auténtico privilegio que no volverá a ocurrir en El Molinón así vivas doscientos años. 'Siete pulmones', 'Quillo', 'El chico de la mochila'... Mesa fue lo más y a él le dedicamos ese espectacular, e inesperado, 4-1 al Castellón. Ojalá podamos brindarle gestas mayores, aunque para ello habría que seguir sorprendiendo este domingo en Las Palmas, otro coco. Las olas baten con energía y mientras avanzas por la orilla sin dar un palo al agua te llama un amigo para comprometer un baño en aguas heladas para este martes. La cita queda sellada. Adelantas a una mujer algo más metida en el agua que va bailando a extraños ritmos como si estuviera ajena a cuanto la rodea. Los habituales de la Rampla andan dispersos. A uno te lo cruzas de paseo, otro está ejerciendo de vigía desde La Escalerona, sentado en lo más alto, de modo que cuando llegas a tu 'Valhala' te sientas un rato en solitario. Tomarte mañanas plácidas de playa es un vicio de días alternos después de la tempestad. La víspera corchaste cien litros de sidra antes de ir a currar. Doce cajas. Remesa 2026 un poco más ácida que las anteriores acaso por haber llenado el tonel con adelanto pues las manzanas empezaban a escasear tras un verano seco. El ritual de la sidra es uno de los grandes placeres del año. Llenar y sellar botella a botella te lleva a cantar sus bondades como un vendedor de feria. «Señoras y señores, ¡sidra de Arroes! La mejor, la más chisposa, la más bonita». Así a voces, en una solitaria placidez durante cuatro horas de la gimnasia más astur que se pueda practicar.
Con esa resaca sigues dándole vueltas al palo al volver de la Rampla. Él y su sombra. ¿Marcarán un tesoro? Igual nos ponemos a excavar y salen, como por arte de magia, un metrotrén japonés, una estación de buses sideral y un atajo a Madrid sin peajes. Uno se coloca con disimulo junto al palo, frota las yemas de los dedos junto a la barbilla, y es abducido por la arena para emerger al instante de una alcantarilla en la Castellana. Y todo sin dar un palo al agua. ¡Palabra de cilúrnigo!