Decepciones
La única madurez posible consiste en entender que lo que creímos maravilloso no lo habría sido tanto si no lo hubiéramos aliñado con nuestra torpe creencia de que la humanidad no iba a cometer los mismos desatinos
Una de las cosas que nos molestaba cuando éramos jóvenes eran las admoniciones de los adultos revenidos que solían decir aquello de «ya te encontrarás ... con la realidad, cuando vengas por donde yo vengo…». Esa amenaza de decepción nos enfadaba porque a nosotros no nos iba a pasar: nuestras certezas eran firmes, los avances de todo tipo inamovibles, y el pensamiento solo podía progresar.
Y de pronto, aquí estamos, instalados en esa edad en la que la suma de las decepciones empieza a amenazar la estabilidad de lo que creímos tan sólido que nadie lo podría mover. Inestabilidades, errores, falta de visión, pensamiento obtuso, incluso maldad, creíamos entonces, eran cosa del pasado: la historia ya se había mostrado lo suficientemente explícita para hacernos entender en qué dirección deberíamos avanzar.
Y no. Aunque no quiero pensar que el desencanto es consustancial al paso de los años y al derrumbe de las ilusiones de la juventud, porque estoy segura de que no se trata de eso, el modo en que van sucediendo las cosas nos acerca mucho más de lo que nunca pensamos a ese punto en el que el desaliento se mezcla en un cóctel muy peligroso con la amargura.
Ahí está la evidencia del efecto Flynn inverso, esos resultados que se vienen dando en las generaciones más jóvenes, de modo que mientras que a lo largo del siglo XX se fue comprobando que cada generación aventajaba a la anterior en las puntuaciones en los test de inteligencia, en las últimas décadas no solo se ha frenado: también está retrocediendo. Seguro que quien más, quien menos puede encontrar una razón que lo justifique, así que no seré yo la que culpe entre otras cosas al reggaeton, que luego me dicen que estoy obsesionada.
No, a nosotros no nos iba a pasar: contemplábamos el mundo como un imparable avance: siempre habría más conocimiento, tener claros los errores haría más difícil volver a cometerlos, el progreso solo tenía un camino, los derechos que se habían conseguido con esfuerzo no nos iban a ser arrebatados. Y si nosotros habíamos logrado vivir mejor que nuestros padres, nuestros hijos vivirían mejor que nosotros. Claro.
Y sin embargo, aquí estamos: tratando de recoger los restos que nos dejan cada día los inesperados y sorprendentes naufragios que ponen a prueba nuestro optimismo. Con la sensación que creíamos que nunca tendríamos de tener que admitir de que todo va a peor. Sobreponiéndonos a esa frustración que cada vez gana más terreno a las certidumbres, y reconociendo que tal vez pecamos de ingenuos, que pusimos en un futuro que se conjugaba en imperfecto, una ilusión demasiado corta de vista y que, como otras generaciones de jóvenes, también fuimos ilusos.
Y que la única madurez posible consiste en entender que lo que creímos maravilloso no lo habría sido tanto si no lo hubiéramos aliñado con nuestra torpe creencia de que la humanidad no iba a cometer los mismos desatinos. Y que está de más ese recuento, ese catálogo de fracasos acerca de las cosas que no seremos, las vidas que no alcanzaremos, la justicia, la igualdad, la libertad que empiezan a convertirse en palabras en desuso. Que el mundo va a peor sí, pero que lo que nos queda como único recurso es distinguir las voces de los ecos, y descubrir la luz indiscutible de que las cosas verdaderas, aunque poquitas, son inmutables.