Ese frágil país de la memoria
La primera vez que tuve en mis manos algo de Julian Barnes, hacia 1987, yo era una lectora temporalmente fuera de juego. Con una niña ... pequeña, un bebé, y un trabajo, los pocos ratos que podía dedicar a leer, solía recurrir a novelas policiacas escritas por mujeres y poco más. Pero un día, sin que pueda recordar muy bien por qué, me vi comprando en Paradiso 'El loro de Flaubert' que se había publicado un par de años atrás. Y recuerdo la conmoción que me produjo leer las primeras páginas mientras empujaba la silla de mi hijo por la Plaza del Parchís, deslumbrada por aquel reencuentro con la literatura, con el placer de la palabra y la brillantez de la construcción. Fue el primero de una relación larga: títulos que fueron poblando mis estanterías a ritmo a veces desigual (por mí, no por él), de atracones y también de espacios vacíos que hacían mucho más emocionantes los reencuentros. Desde aquel primer libro, desde 'El loro de Flaubert', supe, seducida por su ritmo, por su uso de la metaliteratura, que, si yo finalmente escribía en serio, alguien como Julian Barnes tenía el mapa por el que podría transitar con mis obsesiones: la memoria y sus inexactitudes, la identidad, el paso del tiempo, la culpa. Por entonces aún no sabía que con los años la mirada de Julian Barnes sobre la vejez y la muerte me estrangularía el corazón, porque no tuve mejor ocurrencia que leer su último libro, 'Despedidas', en un momento de pérdida y duelo.
Y ahora que el Premio Princesa de Asturias (qué alegría) rubrica ese punto final que cumplidos los ochenta dice haber puesto en su escritura –aunque nunca se sabe–, vuelvo al Julian Barnes de hace tantos años, el que me enseñó en un solo libro que la memoria es tan necesaria como difícil y frágil, que la ironía es una bendición, que escribir es un oficio tan exigente como gratificante, que las ausencias dolorosas a veces se imponen a todo aquello con que tratamos de engañarlas.