El malestar del bienestar
El bienestar es también vida social, aunque cada vez nos resulten más cargantes los colegas de siempre, hacer sudokus y aprenderse los trucos para evitar todas esas estafas que nos aguardan en una llamada telefónica o en un correo electrónico
Nunca se nos ocurrió pensar que eso del bienestar iba a convertirse en algo muy parecido a un trabajo a tiempo completo. Como nosotros no ... íbamos a parecernos a las generaciones anteriores, que se olvidaban por completo de sí mismas, entregadas al trabajo, al cuidado de los otros, poniendo siempre por delante de la salud propia otros asuntos que las circunstancias convertían en prioritarios, nos transformamos en presas propicias para que una potente industria se pusiera a nuestro servicio. Es decir: nos pusiera a su servicio.
Como todos vamos cumpliendo años, lo de la vejez se convierte en la única conjugación del verbo vivir: ahí está, inexorable. Y resulta que hacerse viejo parece haber sido prohibido por decreto, y la salud, el bienestar se ha convertido en una obligación que viene acompañada de toda clase de tareas y autoexigencias que van haciendo de la vida (la que nos queda) un territorio insidioso y repleto de deberes y servidumbres de obligado cumplimiento.
A lo mejor pensaba usted que lo de madrugar se había acabado al jubilarse. Qué ingenuo. Para cumplir con todo lo necesario para estar bien, hay que levantarse bien temprano. Y ya antes de nada, a revisar las métricas nocturnas: la frecuencia cardiaca, la VFC, el estrés, la carga de body battery, el número de respiraciones por minuto, los tiempos que hemos consumido en cada fase del sueño... Así que ya antes de desayunar no hay más remedio que cargar con un poco de culpa si los números no están bien (por qué habremos dejado que el estrés nos gobierne) y ya para terminar de arreglarlo, y después de tomar un gran vaso de agua con limón para limpiar no se sabe muy bien qué, nos tomamos la tensión y acumulamos un poco más de culpa.
Que no se te ocurra desayunar bollería: avena, fibra, proteínas, y tomarte magnesio, pero antes respiraciones profundas, estiramientos, ejercicios de fuerza, de equilibrio, de resistencia, para evitar caídas, para fortalecer articulaciones y huesos y músculos.
Gimnasio, yoga, meditación. Y ya, después, una buena caminata, ruta de colesterol, que a ser posible incluya algo de desnivel. Y venga a beber agua, y a tomar complementos vitamínicos, y a estar pendiente de las vacunas a principios de otoño, y revisiones anuales de ginecólogo, de urólogo, mantenimiento en el dentista, análisis completos de todo, y una mamografía y una colonoscopia, y las revisiones con el otorrino con la amenaza de la pérdida de oído (de otras pérdidas mejor ni hablar) y el oftalmólogo, para descubrir que hay que echarse unas gotas a diario, porque el glaucoma, porque la mácula. Y venga a contar pasos, porque si al final del día no llegamos a ese número mágico, tendremos que dar vueltas por el pasillo hasta que por fin nuestro smartwatch nos felicite por haberlo conseguido.
El bienestar también es vida social, aunque cada vez te resulten más cargantes los colegas de siempre; y hacer sudokus, y buscar (y pagar) alimentos lo más ecológicos posible, y aprenderse todos los trucos para evitar todas las estafas que nos aguardan en una llamada telefónica o en un correo electrónico.
Y la esmerada higiene porque a poco que nos descuidemos lo del olor a viejo está a la vuelta de la esquina, y leer los periódicos para estar al día, y hacer algún curso para no oxidarse... (Y todo esto dando por descontado que las obligaciones con padres, hijos y nietos, siguen existiendo).
Si no estamos bien, si no disfrutamos de ese ansiado bienestar, seguro que es culpa nuestra. Y ya, si eso, hablamos otro día de que también es obligatorio ser feliz.