El papel y los píxeles
Antes, los más jóvenes no pueden recordarlo, pero las fotografías eran casi un milagro
Hace unos días recuperé una sensación que creía perdida. Por una serie de circunstancias y después de desearlo durante mucho tiempo, conseguí hacer una fotografía ... que reunía a varias personas que, a pesar de la cercanía genética, nunca habíamos podido reunirnos. De pronto, esa imagen se convirtió en un tesoro y recordé (en el sentido más etimológico, me volvió a pasar por el corazón) algo que de tan antiguo, resultó casi inédito: el valor de una fotografía.
Antes, los más jóvenes no pueden recordarlo, pero las fotografías eran casi un milagro. A veces, en fiestas patronales, sobre todo, algunos fotógrafos iban por los pueblos y retrataban familias, niños, escenas. El retorno del fotógrafo semanas más tarde, con aquel milagro de papel donde quedaban plasmadas sonrisas y desconciertos, memoria familiar, grupitos de amigas cogidas del brazo, era esperado con ansiedad. Más tarde, las cámaras de fotos se hicieron populares y quien más y quien menos tenía una que fotografió a mis coétaneos en una adolescencia difusa, movida, con más grano de la cuenta y colores desvaídos. Pero también era un acontecimiento. Cada viaje suponía llegar con un rollo para revelar y recogerlas solía traer consigo decepciones porque unas no salían, otras estaban oscuras, en la mayoría alguien salía con los ojos cerrados. Y aun así las guardábamos como tesoros. Las del verano alimentaban las melancolías de inviernos demasiado largos, los álbumes familiares servían para distraer las tardes de catarros en la cama de los niños, íbamos consiguiendo hacernos una idea de la historia familiar a fuerza de preguntar quiénes eran unos u otros.
Tenía sentido hacer fotos. Eran la llave (muchas veces imperfecta) que abría la puerta de la genealogía, de la biografía que íbamos construyendo con nuestras andanzas, nuestros amigos, las comidas familiares, los acontecimientos. Mirábamos antes de hacerlas (porque salían francamente caras) y sobre todo las mirábamos después. Nos aprendíamos de memoria los detalles, nos contrariaba aquel gesto que nos hizo parecer enfadados o la sonrisa excesiva, los ojos cerrados, la postura poco favorecedora… Pero éramos nosotros. Allí, en aquel trozo de papel satinado había quedado, como una mariposa prendida con un alfiler, un instante que era una jornada, un verano, el resumen de una edad.
Creo que nos ha desaparecido esa magia de la que se nutría nuestra mirada. Nunca como ahora hemos hecho tantas fotos, tantísimas; de un viaje volvemos con más de mil que no volvemos a mirar, y que nos arrebataron el momento, ocupados como estábamos con el encuadre y el disparo. Los niños crecen día a día, hora a hora en los clics, en los fragmentos de vídeo. Casi nunca estamos contentos con nuestra propia imagen por más que el selfie nos permita ver exactamente cómo estamos saliendo. Y entonces viene esa pasión por retocar, por quitar arrugas, reducir volumen, blanquear sonrisas, convertirnos en otro diferente al que somos, pero mucho más presentable para… ¿para la posteridad?
¿A qué posteridad exactamente estamos tratando de asomarnos? ¿De verdad alguien de nuestros descendientes se tomará la molestia de bucear en esos cientos de miles de fotos que se acumulan en discos duros, nubes, memorias, y que si sobreviven provocarán tal sensación de pereza , tan poca curiosidad, tanto hartazgo?
Yo, por si acaso, ya he convertido en papel la fotografía del otro domingo, y ocupa un lugar en mi mirada que se parece bastante al placer y la emoción que procuraban aquellas fotos de antes, cuando nos importaba más la memoria y la vida que unos morritos bien colocados y un pelo impecable.