A la hora de la verdad no estamos solos
Quien no es capaz de valerse por sí mismo en ciertos momentos se expone al hundimiento emocional, al debilitamiento de su voluntad, a la indefensión y al fracaso
Gijón
Muchas personas tienen la gran suerte y el mérito de sentirse acompañados y apoyados emocionalmente. Es una gran suerte, porque permite sentir que pueden compartir ... su dolor o sus penas, sus cargas, sus angustias. Es cierto, pero hay muchos momentos en que nadie puede hacer por nosotros lo que únicamente podemos cada uno. Nadie puede tomarse la medicación y sanar en nombre de otro. Nadie puede esforzarse en perder kilos sustituyendo a otra persona por mucho que la quiera. Nadie puede aprender y progresar teniendo un sustituto. Nadie puede sustituir al moribundo o al enfermo. Nadie puede cambiar ni triunfar por otro. Es en esos momentos en los que necesitamos mentalizarnos de nuestra soledad para afrontar los asuntos personales. Ahí reside la clave para, llegada la ocasión, tirar de nuestros propios recursos y superar los baches. Quien no es capaz de valerse por sí mismo en momentos así se expone al hundimiento emocional, al debilitamiento de su voluntad, a la indefensión y por tanto al fracaso. Verse fuertes en momentos cruciales garantiza la superación. Por el contrario quien pierde la conciencia de su responsabilidad y apela solo al auxilio exterior, si no puede llegar, perderá la ocasión de emerger de los baches o a veces socavones que se encuentran. Por eso los que son capaces de soportar bien la soledad, aunque aspiren a estar y verse acompañados, cuentan con la ventaja de que en la extrema soledad se valen por si mismos y evitan el desmoronamiento tan negativo. Entrenarse pues en el afrontamiento en soledad ante algunos retos les permite superarse y con ello estar entrenados en la fortaleza mental que la vida requiere. Son gente responsable de si, modelos para quienes les conocen y tratan y gozan del orgullo de si mismos. Valerse por si mismos es un activo indispensable del mantenimiento de la autonomía personal, de la iniciativa, la independencia y la capacidad de afrontamiento general. Y luego, si están acompañados, miel sobre hojuelas. Por todo ello es elogiable que los padres eduquen y entrenen a sus hijos no en la sobreprotección, muy dañina por cierto, sino en su capacidad de resolver por si mismos aquello que está al alcance de su mano, según su edad y estado.