Final del verano
Tumbada en la cama descubro en la pared una pequeña pintura de Sorolla. En la orilla de un mar, unas niñas con vestidos blancos juegan. ... Tal vez sea esta sensación del final de verano, de cierta angustia ante lo nuevo y de promesa de un otoño que ya siento, lo que me hace observar y descubrir esta imagen hasta ahora desapercibida. Tantas cosas tenemos frente a nuestros ojos que no vemos.
Una. El otro día mientras nos bañábamos, junto a nosotras, una mariquita flotaba en el mar a la deriva, la salvamos y la dejamos sobre el muro de la rampa de la Pescadería, que a esa hora parecía que no había sitio libre para nadie ni siquiera para este minúsculo ser.
Dos. En el mar, habitualmente este verano en calma, quizá demasiada, hasta las mariquitas nadan. El calor, el aire espeso de aromas, de sal y de voces, de algas. La brisa que trae palabras de otros y nos distrae. El tacto de la arena húmeda. El sonido de los pasos que hacen crujir las piedras y las pocas conchas que aún llegan aquí. Las olas que se deshacen leves en la orilla como el final de un helado que intentamos apurar.
La luz deslumbrante nos hace imaginar una vida intensa en la playa. Además, está justificado el no hacer nada. Sólo el relax, cada uno el suyo. Existe una rutina entre los que deciden ir a bañarse y los que salen del agua con la piel brillante y la cara risueña. Ese cruce de caminos entre dos intenciones.
Tres. Ya debe ser la hora de la comida, el rumor baja de tono y se percibe una calma nueva. Algunos recogen sus bártulos, no quieren llevarse a casa arena, aunque es inevitable el salitre sobre la piel, que después sí que les dará constancia de ese baño agradable y fresco. La marea sube y los forasteros dormidos en la orilla se mojan junto a sus sueños.
Cuatro. La arena va desapareciendo poco a poco. La sombra de las casas más altas oscurece la playa e incluso, por una vez, se agradece ese desatino urbanístico. La mariquita ha volado. Y se han ido los bañistas.
Cinco. Observo ahora el color dorado de la arena idéntico a las paredes de aquel dormitorio con el que inicio este escrito, y me voy a vivir a la orilla del mar del cuadro de Sorolla en el que una mujer, la madre, con vestido blanco al viento, baila sobre la arena y sueña.