Los que vuelven a casa por Navidad: No hay mejor regalo para estas fiestas
Reencuentros. Como en los anuncios de turrón, vuelven a casa por Navidad. Cerca de 12.000 alaveses viven fuera y algunos como Lucas, Bego o Ane no perdonan la visita familiar
Cerca de 12.000 alaveses viven fuera de nuestras fronteras. La mayoría de ellos en otras provincias españolas y casi 4.000 en el extranjero, ... según los últimos datos del INE. En realidad son bastantes más, porque muchos no cambian oficialmente su residencia cuando salen fuera a estudiar o a trabajar. Lo que tienen en común la mayoría es la ilusión por regresar a casa por Navidad, como un regalo de Olentzero adelantado para sus familias y amigos. Detrás de cada uno de esos alaveses que residen lejos de su hogar hay una historia y en EL CORREO os contamos seis de ellas en este día de Nochebuena.
Algunos llegan desde la otra punta del mundo, como Lucas, un joven de 33 años que vive en Tokio y solo retorna a la capital alavesa en estas fechas tan señaladas. Otros vienen de más cerca, como Marta, que recaló en la estación de tren acompañada de su gato y fue recibida por sus padres. Algunos vienen solos y otros por duplicado, como Bego, terapeuta residente en Creta que visita a su abuela embarazada de siete meses y medio. En lo que coinciden todos es en la emoción por volver, aunque solo sea unos días, y por compartir tiempo con la familia y los amigos, lo más preciado estos días. Es tiempo de abrazos, de besos, de largas sobremesas alrededor de una mesa y de atesorar recuerdos. Disfruten de estas historias.
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Lucas Cortazar Desde Tokio1
«Volver es lo mejor, en Tokio el contacto social es mucho más complicado»
Lucas Cortazar llevaba casi un año sin pisar España. Vive en Tokio desde hace casi ocho años y medio y las Navidades son siempre el momento para regresar a casa. No falla, como el turrón. «Allí por la cultura del esfuerzo y del trabajo que tienen no hay muchas vacaciones y normalmente solo puedo volver una vez al año», explica este vitoriano de 33 años. El viernes pasado aterrizó en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas tras un vuelo de 15 horas y allí se fundió en un emotivo abrazo con su padre Patxi, que condujo desde la capital alavesa para traer a su hijo de regreso al hogar familiar. Ninguno de los dos pudo ocultar la emoción después de demasiados meses sin verse en persona.
«Venir a casa es lo mejor», resume Lucas. «Veo a mi familia, que les echo infinito de menos y puedo estar unos días con la gente que me importa», añade. Precisamente, una de las cosas que más añora este joven en Japón es esa manera de relacionarse tan nuestra, que en el gigante asiático no comparten. «Una de las cosas que más echo de menos allí es la humanidad, el contacto social. Todo eso es mucho más complicado, son muy diferentes...», confiesa Lucas, que trabaja como ingeniero informático de seguridad en una gran compañía con sucursales por todo el mundo. Debido a su puesto le toca viajar mucho, sobre todo a Estados Unidos y también a otros países de Asia.
Estos días en Vitoria combinará trabajo con ocio, y es que le tocará teletrabajar en algunos momentos. «A parte de eso lo que voy a hacer es estar el mayor tiempo posible con mi familia y con los amigos. La mitad de la cuadrilla vive fuera, pero en navidades vuelven a Vitoria y normalmente nos juntamos casi todos. Tengo muchas comidas y cenas a la vista», ríe este ingeniero formado en Madrid y en Salamanca. También aprovechará para chequeos médicos y papeleo. «Es lo que toca cuando estoy en España. Suelo ir al médico porque así aprovecho para que me lo expliquen todo bien y entenderlo perfecto, no es lo mismo que allí», sostiene. Su hermano Juan, por cierto, vive en Madrid y también retornará a la capital alavesa para pasar estos días con su madre Elena Entrialgo, al frente de la perfumería Ibarrondo, su padre Patxi y el resto de la familia.
El 11 de enero le tocará hacer la maleta para poner rumbo a Japón, pero lo hará cargado de productos que durante meses le recordarán a su tierra natal. «Es una pena que desde el coronavirus no se puede meter al país jamón ni derivados del cerdo. Eso fue horrible porque es lo que más me gusta del mundo. Pero sí me llevo aceite de oliva y cosas de la tienda de mi madre como colonias, que allí no las tienen iguales», confiesa Lucas, que se enamoró de Japón durante un viaje de ocio que duró veinte días. En un año aprendió el idioma y encontró trabajo en Tokio. ¿Se plantea volver a vivir en España? «En un futuro sí que volveré para establecerme aquí. Pero todavía no sé cuándo», lanza el joven dejando la puerta abierta. Si así lo decidiera lo que está claro es que su familia lo celebraría por todo lo alto.
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Bego Abaitua Desde Creta2
«Tengo especial ilusión, espero al primer bebé de la nueva generación»
Más que unas tradicionales navidades de reencuentro (que también), las próximas semanas se presentan para Bego Abaitua como unos días de alegría desbordada, espera y preparación para la llegada de un nuevo miembro de la familia, su hija primogénita. «Todos están muy ilusionados y es bonito compartir este momento con ellos porque tras las fiestas nacerá el primer bebé de la nueva generación», señala, al referirse a esa que trasciende a sus padres y tíos.
Embarazada ahora de siete meses y medio, Bego estuvo dudando de si pasar estas fechas con los suyos, en Vitoria, o hacerlo lejos de casa. Esta joven terapeuta (también es licenciada en Antropología) trabaja de forma 'online' y colabora a distancia con una cooperativa de la capital alavesa.
Por esa forma de trabajar y porque encuentra un interés en descubrir otras culturas y formas de vida, pasa mucho tiempo fuera de la ciudad durante el año y, en esta ocasión, tenía que volver desde Creta (Grecia), de donde es su pareja. Este trayecto suponía hacer una escala en Barcelona tras casi cuatro horas de viaje (esta vez aprovechó para ver a una amiga) y después coger un tren que le conectara con Vitoria.
Pero, finalmente, no dudó. Necesitaba el cálido abrazo de sus seres queridos. «Es un momento que llama al reencuentro familiar y siempre me hace conectar mucho con la tradición y la ciudad, que está sumida en un ambiente más festivo», expresa.
Tras su aterrizaje y, pese a que estos días aún teletrabaja, tenía claro que no podía faltar a uno de los planes que con el tiempo se han hecho costumbre en su familia: el montaje del belén y del árbol navideño con su abuela Begoña Imaz. En el pino cada nieto tiene una figura que le representa y, juntos, en la velada de Nochebuena, también se encargan de colocar al Niño Jesús, como marca la tradición.
La amama Begoña les enseña con suma delicadeza donde se debe situar cada pieza (además de al Niño, la más importante) ya que cada una tiene su espacio correcto en esta completísima estampa. La abuela, claro, se muestra orgullosísima de esta colección y este momento ya es uno de sus favoritos de la Navidad.
Influye que la imagen que hoy decora su salón –ese en el que se hacen las copiosas comidas y cenas de estos días– se ha ido agrandando con el tiempo. Y, por encima de todo, no oculta que cada elemento de ese belén tiene un enorme valor emocional. Y es que, según comparte, muchas de esas figuras las conserva desde que era una niña ya que algunas marcaron sus regalos de cumpleaños de infancia porque ella sopla las velas cada 31 de diciembre.
«Por cosas como esa si puedo estar, prefiero», añade Bego. De hecho, sólo ha fallado en su vuelta a casa en dos ocasiones y «siempre ha sido por trabajo». «Me ha gustado experimentarlo, pero al final me ha acabado entrando la morriña. Un año pasé estas fechas en Uruguay y fue interesante porque era verano y no estaba acostumbrada. Y otra vez estuve en Nepal, que no celebraban la Navidad y tienen una cultura muy distinta, así que tuve una sensación extraña. Ya lo he probado, así que ahora siempre que pueda volveré».
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Iñaki Tirados Desde Liverpool3
«Le prometí a mi padre siempre estar en casa por Navidad y nunca he fallado»
Iñaki Tirados lleva media vida lejos de su Vitoria natal, y esa afirmación no es un decir ni una exageración. Hace ya veinticinco años que se asentó en Inglaterra y han pasado otros quince desde que se mudó a Liverpool. Hoy puede decir que ese es su domicilio (al menos, de momento) pero, tal y como reconoce, «me paso todo el día fuera». «Fíjate que una vez fuimos a verle las amigas y fuimos nosotras las que le tuvimos que enseñarle a él la ciudad, que casi ni la conocía», interviene bromista su amiga Txusa, en medio de la fiesta que ha montado su cuadrilla para celebrar el suyo y otros regresos a casa muy propios e inexcusables en cada Navidad.
El caso es que todo el trasiego que lleva Iñaki durante el año tiene una sencilla explicación: su empleo en la Liverpool School of Tropical Medicine (LSTM), donde es entomólogo médico. Un puesto que, en otras palabras, viene a decir que estudia los insectos que transmiten enfermedades. «Estoy especializado en la del sueño, en la ceguera de los ríos...», menciona, entre algunas de las infecciones que él más controla.
Por esa predilección hacia ese oficio, que le llevó a estudiar Biológicas y a trabajar, antes, durante una década con una ONG con la que se pasó meses y meses en países como Ruanda y Camerún, deja claro que «la intención siempre fue vivir fuera».
Pese a eso, está convencido de que éste siempre será «el único momento del año en el que sé dónde voy a estar, con quién y qué voy a estar haciendo».
Esa declaración sin titubeos tiene mucho que ver con una promesa que le hizo a su padre cuando aún era un chaval. «Cuando empecé a viajar, un día que estaba en casa, él me sentó y me dijo que si este era el tipo de vida que quería, que lo aceptaba, que vale, adelante. Pero también me pidió: pase lo que pase, en navidades te quiero en casa. No he fallado ninguna», recuerda emocionado.
En unos días su padre cumplirá 90 años y también otra de las citas más especiales de estas fechas tiene que ver con su cuadrilla, a la que se refiere como 'Los 11 de Zanzíbar'. La mayoría de ellos se conoce desde los cinco años y «el nombre del grupo salió porque hay algunos a los que no nos salen las cuentas de la jubilación». Así, explica, «la idea es que, cuando llegue el momento, nos vayamos a un sitio que haga calor, como Zanzíbar, y nos montemos allí un negocio. Más que ahorrar, la idea es gastar poco», comparte sobre un sueño compartido que se aviva cada mes de diciembre.
A la comida de este año sus colegas llegan con un saco tan grande como el de Olentzero, con la diferencia de que éste está cargado de adornos navideños y de un saludo que desean que nunca falte: «De año en año, ¿eh?».
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Ane López de Luzuriaga Desde Estocolmo4
«Le tengo respeto al avión y vengo en tren desde Suecia; aquí reconecto con los míos»
Tras cinco años viviendo en Estocolmo, los reencuentros con familiares y amigos se han convertido en una escena ya común para Ane López de Luzuriaga. No por eso estos momentos han perdido emoción ni deja de ser reconfortante ese primer abrazo que te dan los tuyos, los que te están esperando en tu salida del tren, después de muchos meses (quizás demasiados, depende a qué padres con síndrome del nido vacío se le pregunte) lejos de tus raíces, del hogar que te vio crecer.
Del recibimiento a esta joven vitoriana, que se marchó a la capital sueca al terminar la carrera para completar sus estudios con un máster tras graduarse en ADE e idiomas, se encargaron esta vez sus inseparables amigas de la universidad, Mireia Martínez y Nerea Revuelta.
Ella apenas vuelve una vez al año a Vitoria y, como le tiene «respeto» a volar se marca un auténtico interrail de casi dos días hasta llegar a casa. «Lo veo hasta divertido. Me gusta leer, voy tranquila... Y no se tarda tanto», asegura risueña, pese a que con ese viaje cruza por Hamburgo, París y Hendaya, entre otras localidades.
¿La parte buena de todo esa expedición? Pasará aquí los próximos dos meses. «Soy gerente de un equipo de soporte en una multinacional y me dejan teletrabajar bastante. Me voy cuando allí está peor y hay menos luz», bromea Ane, que, en realidad, valora «lo bonito» de estar en casa estos días. Algo posible, por otro lado, por la «flexibilidad» que hay en Suecia con el trabajo. «Es parte de los motivos por los que estoy aquí. Siento que vivo y luego tengo un trabajo, no es el centro de mi vida. Allí la empresa tiene una política de confianza completa y trabajas por objetivos. Eso me permite trabajar desde España y entienden que lo voy a hacer bien», remarca.
Ella regresa a la capital alavesa huyendo del clima gélido que hace en Estocolmo estas semanas donde las máximas rara vez superan los cero grados y las mínimas pueden caer hasta -9. Pero, más allá del clima, «he pasado navidades allí con amigos y, aunque no han estado mal, si estoy aquí, lo agradezco. Es un momento en el que reconecto con mucha gente. Vitoria es en estas fechas un punto al que volver para muchos y nadie se lo quiere perder porque es cuando sí o sí nos juntamos con quien mejor conectamos», subraya.
Precisamente para «pasar tiempo de calidad» algunos de los planes que hará con sus seres queridos será hacer una excursión al País Vasco francés. «Bayona, San Juan de Luz... Es una de nuestras tradiciones», comparte. Serán días en los que también podrá «hacer un resumen del año y pensar sobre cómo vamos a afrontar el siguiente», incide.
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Marta Desde Madrid5
«Feliz de volver unos días, aunque estoy muy a gusto trabajando en Madrid»
Puntual y con muchas ganas de pasar unos días de asueto en casa. Marta descendió del Alvia, tras un trayecto de poco más de 3 horas que conectó Chamartín con la estación de Dato, sujetando la maleta y el transportín de Rorro, su gato. Pese al numeroso pasaje que se apeaba del tren, rápidamente la localizaron sus padres, que la recibieron con un cálido abrazo. La hija, de 34 años, reside en Madrid, donde trabaja como docente. Se queda aquí hasta el 4 de enero.
Vitoria la recibe en pleno frente frío que amenaza incluso nieve, un panorama de lo más navideño. Le quedan un par de semanas para disfrutar de unas fiestas en familia y con el calor del hogar. Aunque en tierras madrileñas, donde vive desde hace siete años, «estoy muy a gusto y contenta», valora. Es profesora en el colegio Cabrini, en el barrio madrileño de Hortaleza, donde imparte a alumnos de Bachillerato las asignaturas de inglés e historia, esta última también en el idioma de Shakespeare.
¿Cómo acabó trabajando fuera de Álava? En su carrera universitaria, cursó un año de Erasmus en Berlín, donde perfeccionó los idiomas. Pasó otra etapa en Londres, y de vuelta de nuevo al País Vasco, descubrió que en la capital española hay «mucha oferta de trabajo», si bien el alquiler de un piso sale «muy caro». Pero hay más oportunidades que en Euskadi, corroboran sus progenitores. Y es que Marta no es la única integrante de esta familia vitoriana que se ha desarrollado profesionalmente fuera de casa. Su hermano también saltó a diferentes puntos de Europa. Tras pasar, al igual que Marta, un curso universitario en la capital alemana, trabajó en Dublín, y desde hace poco se ha establecido en Róterdam (Países Bajos).
Allí se emplea como actuario, la rama profesional de la Economía en la que se utilizan matemáticas, estadística y finanzas para evaluar y gestionar riesgos e incertidumbres en sectores como seguros o inversiones, ilustran sus padres. «Recibió una oferta en enero», relatan. Tiene la ventaja de que puede regresar a la capital irlandesa con su pareja y teletrabajar.
De hecho, la rama que escogió estudiar le ha abierto muchas puertas. «Sus compañeros que estudiaron con él en Sarriko se quedaron aquí y al cabo de dos años tuvieron que ir a Madrid a estudiar un máster», comentan sus padres. Lo que no será posible es que también su hijo, de 37 años, vuelva a casa por Navidad, ya que acaba de ser padre. En el extranjero «los sueldos son mucho más altos que aquí, las ofertas de trabajo no tienen nada que ver», constatan los dos cabezas de familia. Él aporta un llamativo dato: «El 70% de los miembros de mi cuadrilla de amigos tiene a sus hijos trabajando fuera».
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Ixone Herrero Desde Valencia6
«Sé que mi ama está a un telefonazo, pero no hay nada como sus mimos»
Una tortilla de patata hecha por sus aitas y una quedada con la cuadrilla. Ixone Herrero no pudo tener un mejor recibimiento en su vuelta a Vitoria exprés por Navidad. Llegó el sábado al aeropuerto vizcaíno de Loiu en una semana complicada para los aviones por las fuertes rachas de viento que retrasaron su vuelo hasta dos horas más de lo previsto y el viernes 26 volverá a marcharse a Valencia, donde reside desde hace doce años y trabaja como interiorista. Desempeña esa labor en una conocida empresa de muebles después de haber estudiado –además de dos másteres en Diseño e Interiorismo–, Restauración de Arte y haber probado distintos empleos en ese ámbito.
«Aunque sólo venga para una semana, para mí es una suerte haber podido cogerme vacaciones ahora. Es que cuando vengo a casa siento una calidez que no puedo comparar nada. La sensación de que nada ha cambiado y de que todo sigue estando en su sitio...me gusta mucho», reconoce.
– ¿Le pesa mucho esa distancia?
–Sé que pego un telefonazo y en seguida está mi ama, que siempre me va a escuchar, pero no es lo mismo que estar con ella y con mi aita. Estos días disfruto de la familia y vengo a que me mimen un poco. No hay nada como eso.
Y es que, según cuenta Ixone, sus planes son sencillos y están vinculados, precisamente, a llenarse de fuerza y energía después de pasar el mayor tiempo posible con sus seres queridos, a los que más allá de esta fecha, sólo ve por lo general en fiestas de Vitoria. Con sus aitas irá esta tarde a comprar los regalos de última hora que falten, mañana comerán en el txoko con toda la familia, compartirá algún pote con las amigas, se deleitará con un buen chocolate caliente y buscará un restaurante donde comerse un talo. «Tengo bastantes ganas de eso este año», asegura.
Aunque, ante todo, «lo importante no es excederse sino estar juntos», mantiene. Se refiere a las grandes comilonas, donde lo más esencial nunca está en los alimentos. Aunque, esta Nochebuena para ella será un reto porque hace unos meses que es vegetariana (no come carne ni pescado) y el tradicional banquete que se sirve por estas fechas ya no se adecua a su dieta. «Mi aita creo que lo lleva un poco mal», comenta entre risas. «Pero no quiero hacerles a ellos grandes cambios. Será algo más complicado, pero un buen caldito, algunos canapés...Y listo».
¿Se acabarán alguna vez estos reencuentros? «Me quedé en Valencia al terminar los estudios por mi desarrollo personal pero muchas veces pienso en casa y el día de mañana igual vuelvo. Los alquileres también están allí por las nubes y la calidad de vida es cada vez peor. Hace 10 años igual pensaba distinto. Ahora no lo descarto».