Los aficionados del Athletic no son tontos
El choque entre los jugadores y el presidente Uriarte no deja en buen lugar a ninguna de las dos partes enfrentadas, y se ha convertido en un pulso en el que habrá un seguro perdedor: el club
No es que la victoria del Athletic contra el Celta haya quedado en un segundo plano. La importancia de los puntos y el fútbol que ... hizo el equipo de Terzic fueron una noticia demasiado buena como pasar por ella de puntillas. Ahora bien, está claro que una parte del foco de la actualidad rojiblanca se ha posado, como no podía ser de otra manera dada su excepcionalidad, en el desencuentro que mantienen los jugadores con el presidente. Visto lo ocurrido hasta ahora, desde el plante informativo de los futbolistas el sábado en el Camp Nou hasta la reaparición de Iñaki Williams y Unai Simón en la zona mixta de Balaídos, donde aseguraron que sus discrepancias con Jon Uriarte han ido creciendo desde su llegada al sillón de Ibaigane, entiendo la perplejidad de los hinchas rojiblancos.
Ayer, uno de ellos, uno que ya era socio cuando en el viejo San Mamés todavía funcionaba el marcador simultáneo Dardo, me hizo ver su extrañeza con una pregunta expeditiva, de esas que a un periodista le dejan como a un portero ante el penalti: ¿Qué coño está pasando? Tuve que reconocerle que a mí también me gustaría saberlo, pero que por el momento tenía la misma información que él, es decir, la que Javier Ortiz de Lazcano nos había aportado en este periódico. Mi confusión, le confesé, era muy parecida a la suya. Porque lo cierto es que todo esto es muy raro y no deja en muy buen lugar que se diga a las dos partes enfrentadas.
El hincha, que no es tonto, tiene la certeza de que, si no llega a ser por la suspensión de las invitaciones, los jugadores no habrían iniciado este pulso
Es difícil comprender, por ejemplo, la actitud de los jugadores. Resulta que su plante a los medios en el Camp Nou, según Unai Simón, fue «una herramienta» para dar «una señal» al presidente por una serie de discrepancias con él que se vienen acumulando desde hace cuatro años y ya se han hecho «una bola»; no sabemos si de nieve o una de esas que sufre la consejera de Educación cuando lee el informe Pisa o el peregrino a Santiago que se sobreexpone al cocido maragato. Sin embargo, dicho esto el portero rojiblanco calificó de «buena y cordial» la relación con el club, restó trascendencia a la polémica creada y mostró su convencimiento de que bastará con «sentarse a hablar para llegar a buen puerto». Iñaki Williams, por su parte, calificó de «problemillas», «pequeñas cosas», incluso «chorradas», las desavenencias con el presidente, y compartió con Simón el optimismo sobre una rápida resolución.
Contrucciones
Las preguntas surgieron de inmediato, como ocurre siempre cuando uno no puede evitar escuchar, al fondo, el sonido de maracas de las contradicciones. Vayamos por las principales. Si la relación es buena y cordial, ¿cómo puede crearse una bola durante cuatro años? ¿No han podido irse solucionando estas pequeñas discrepancias fácilmente, una tras otra? Y si son poco más que minucias, ¿ a qué viene este plante ante los medios con las consecuencias que, seguro, los jugadores sabían que iba a tener? ¿O acaso no eran conscientes de que, en plena polémica por el tema de las invitaciones suspendidas, esta medida de fuerza, tocando a Uriarte en el bolsillo, donde más le duele, iba a generar un problema serio en el club?
¿Acaso Uriarte no era consciente, dada su relación con ellos, de cuál iba a ser la reacción de los futbolistas y del lío en el que se estaba metiendo?
Los jugadores, que el domingo se esforzaron en dejar claro que lo de las invitaciones no es el factor desencadenante -en esto saben que tienen al público en contra-, se negaron a detallar cuáles son las otras desavenencias. Los problemillas, como los calificó Williams, «se quedan en casa». Y aquí asoma de nuevo la contradicción y las preguntas que le siguen. ¿Pero cómo van a quedarse en casa si son ellos, aunque sea sin citarlos, quienes han provocado que salgan a la calle y se hable de reproches en el vestuario, falta de mano izquierda y recortes en el equipo femenino y a algunos empleados? ¿Y cómo el hincha, que no es tonto, no a va a tener la sospecha, en realidad la certeza, de que si Uriarte no les hubiera quitado las invitaciones no nos hubiéramos enterado de la existencia de esos problemillas, ni de que una bola amenazante estaba creciendo?
También es difícil de comprender la actitud de Jon Uriarte, que por cierto es un paradigma del hombre que va a su bola. Hay que dar por sentado que el presidente sabía que su relación con los jugadores era más bien fría, estrictamente la de un empresario con unos trabajadores que le salen muy caros. También hay que dar por sentado que esta circunstancia le importaba lo mismo que a Heynckes el famoso choque de bicicletas en Pekín. O sea, nada. Como no le importa que sus relaciones sean nulas, distantes o malas con los expresidentes, los veteranos, los peñistas, los periodistas, los empleados...
Digamos que la empatía no es uno de los valores que Uriarte más aprecia. Le trae sin cuidado. Sin embargo, es un profesional de éxito, inteligente y calculador, de manera que no se entiende su error. ¿Acaso no era consciente de cuál iba a ser la reacción de los jugadores y del lío en el que se estaba metiendo por un dinero que es el chocolate del loro en un presupuesto de 186 millones? Porque, claro, se quiera o no, este pulso iba a hacerse público, y esto lo complica todo. Ahora, en la reunión de esta semana, tiene que haber un ganador y un perdedor. O se puede pactar, es lo más probable, un combate nulo de cara a la galería. Eso sí, el club siempre va a salir perdiendo.