'El mal padre': Un drama que reconforta
El mal padre' se hubiera llevado de calle el Premio del Público en el Festival de Málaga, pero en San Sebastián lo tendrá más difícil ... porque no presume de rasgos autorales, sino que pretende contentar a una amplia audiencia con una historia que hemos visto muchas veces: la del patriarca que llama a los suyos cuando intuye que es el fin de sus días.
El cuarto largometraje de Roberto Bueso, director de 'La banda' y 'Llenos de gracia', sí que puede brindarle a Eduard Fernández su segundo premio de interpretación en el Festival tras el conseguido en 2016 con 'El hombre de las mil caras'. El actor asegura haberse inspirado en el filósofo Antonio Escohotado para bordar a un intelectual brillante, libre, drogata y rico, que reúne a sus tres hijos en la preciosa villa de los acantilados del Mediterráneo en la que pasaron los veranos.
Los tres son muy diferentes. Uno (Adam Jezierski) está a punto de tener un hijo y está aterrorizado ante la disyuntiva de ser tan mal padre como lo fue el suyo; otro es un actor fracasado (Francesco Carril), que lleva cobrando puntualmente mil euros de papá desde que cumplió los 18 años. Y tiene 44; la hija (Meritxell Calvo) simplemente odia a un progenitor que vivió su vida, regida por ascender en la universidad, el compromiso político y los viajes por el mundo.
'El mal padre', que se estrena el 20 de noviembre, coincide en el tiempo con 'El ser querido', de Rodrigo Sorogoyen, que también retrata a un artista que antepuso su obra a la familia. Se tarda en pillar el tono que Roberto Bueso quiere conferir a la película, que tiene gozosos estallidos de humor bestia, como cuando el padre confiesa al hijo homosexual que él también «se ha comido algunas pollas» a lo largo de su vida. Manda sin embargo la 'dramedia', que consigue que el espectador salga del cine reconfortado.
'El mal padre' resulta simpática pero predecible. Y recurre constantemente a los diálogos explicativos, como en la visita de los viejos compañeros del ególatra protagonista, que recuerdan los viejos tiempos en París, las batallitas de quienes acabarían convertidos en izquierda exquisita. Se apuntan sin desarrollar temas como la cancelación, la maternidad frustrada y la incapacidad de muchos intelectuales de descender a la vida. «Estos protagonistas han sufrido una ausencia capital en la vida de cualquiera. Y hablan desde el dolor y desde la rabia», justifica el director, que tiene la elegancia de recurrir a la elipsis en el anunciado desenlace. Por su parte, Eduard Fernández consigue resultar odioso en una escena y provocar lástima en la siguiente, algo solo al alcance de los actores superdotados.