Han Kang: «La escritura me ha hecho mejor persona»
La escritora surcoreana, Premio Nobel de Literatura en 2024, publica en España 'Tinta y sangre'
Bruno Pardo
Madrid
A Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970) se le intuye la sensibilidad en los gestos: no es raro que ella diga que escribe con ... todo el cuerpo, con todos los sentidos. Hace año y medio recibió el Nobel de Literatura: lo celebró con un té. Entonces en España se la conocía sobre todo por 'La vegetariana' o 'La clase de griego'. Con el paso de los meses han ido llegando nuevas traducciones de su obra: 'Actos humanos', 'Imposible decir adiós' y, ahora, 'Tinta y sangre' (Random House, como el resto), una novela de 2011 en la que la protagonista se niega a aceptar la versión oficial de la muerte de su mejor amiga (un suicidio).
–Esta novela empieza con un sueño, algo que no es extraño en su literatura.
–Bueno, es que yo sueño mucho (sonríe). A veces, los sueños son tan vívidos que siento que me están transmitiendo algo profundamente importante, una suerte de mensaje. Por ejemplo, el sueño que aparece en las dos primeras páginas de 'Imposible decir adiós' fue uno que tuve yo, y eso fue lo que me llevó a escribir esa novela. En 'Tinta y sangre' hay otro sueño real, al final de la novela. El tío de la protagonista sueña que está muerto y piensa: qué bien se está así. Pero entonces camina por la orilla del agua, ve una hermosa piedra azul y se da cuenta de que para recogerla tendría que volver a la vida. En esa tensión se define el personaje. Bueno, pues ese sueño también es mío. Lo tuve durante una época difícil… Recuerdo que al despertar sentí que ahí había algo importante. De aquel sueño salió un poema y después dos relatos cortos. Y esta novela.
–Lo primero que escribió fue un poema, cuando tenía 9 años. ¿Cuánto le ha marcado su inicio en la poesía como novelista?
–Solo he publicado un libro de poesía, pero incluso cuando escribo novelas me invade una cierta actitud poética. Hay escenas que escribo con ese aliento, y creo que esos momentos son los que más fuerza tienen.
–Hay algo muy sensorial en su prosa. ¿Cuál es su técnica?
–Yo escribo con todo el cuerpo, con todos los sentidos, porque creo que eso es fundamental. Cuando me siento en mi escritorio empiezo a recordar, a ver, a oír, a tocar. Sobre todo a tocar: siento el frío o el calor del que quiero escribir, siento el dolor, los sabores, los olores. E intento infundir todos estos sentidos en la frase, en la palabra, haciendo que fluyan como una corriente eléctrica. No sé cómo ocurre, pero cuando hago ese esfuerzo por sentirlo todo parece que algo de eso se filtra en el lenguaje. Y entonces el lector a veces siente esas sensaciones.
La belleza como salvación
«En momentos como este que vivimos siento que la literatura y el arte son más necesarios que nunca»
–La enfermedad es otra constante en su obra.
–La enfermedad me interesa mucho. Durante mi posgrado estudié istoria de la medicina, me interesaba mucho. Y había un médico que me hablaba de las diversas dificultades que surgían en el servicio de urgencias. Él me contó que cuando un paciente no puede respirar y se le conecta a un respirador, eso funciona siempre cuando él esté inconsciente, pero si recupera la consciencia, las respiraciones de la máquina chocan con las del paciente, es como si lucharan entre sí, y esto puede incluso poner en peligro su vida. Esa fue una de las imágenes fundamentales para esta novela.
–Hace un año y medio que recibió la llamada de la Academia sueca. ¿Qué le ha dado y qué le ha quitado el Nobel?
–Bueno, lo que me ha dado es evidente: me ha permitido tener más lectores, que me traduzcan más, que conozcan mi obra en muchos lugares. Eso es lo más gratificante, y estoy profundamente agradecida. Lo que he perdido, supongo, es mi anonimato en Corea.
–Su obra viaja de los traumas individuales a los colectivos: de la protagonista de 'La vegetariana', que deja de comer para salvarse, a 'Actos humanos', donde relata la matanza de Gwangju.
–Escribí 'La vegetariana', luego 'Tinta y sangre' y después vino 'La clase de griego'. En las dos primeras la pregunta que late en el fondo es si debemos vivir, y en la segunda la respuesta es que sí, que hay que abrazar la vida con todas nuestras fuerzas. 'La clase de griego' se pregunta por cómo podemos encontrarnos los unos a los otros, cómo podemos abrir las partes más cálidas de nuestro interior y compartir ese calor. Pero después de eso… Sentí que tenía que investigar lo que sucedió en Gwangju para seguir adelante. Por eso escribí 'Actos humanos'. Y después vino 'Imposible decir adiós', donde la protagonista sueña recurrentemente con un futuro lleno de tumbas y lápidas. Es paradójico, pero en última instancia esta es una búsqueda de la luz.
–¿En qué sentido?
–Siento como si estuviera acercándome cada vez más a la luz con cada novela. Pero como sigo viva este proceso aún no ha concluido. Es un viaje sin descanso hacia la luz.
–Recuerda a Dostoievski: la belleza salvará al mundo. ¿Puede salvarnos a nosotros al menos?
–En momentos como este que vivimos siento que la literatura y el arte son más necesarios que nunca. Después de todo, la literatura se basa fundamentalmente en la imaginación sostenida. Se trata de imaginar el sufrimiento ajeno, y no solo imaginarlo, sino sentirlo vívidamente. Y cuanto más vívidamente lo sientes, más doloroso es, pero ese es el camino. Es así como se obtiene la fuerza para situarse en el lado opuesto a la violencia del mundo. Si la literatura nos sigue haciendo sentir las cosas vívidamente, ¿no es por eso por lo que la necesitamos más que nunca? No sé si la belleza nos salvará o no, pero sí puedo decir que la intensidad que nos da la literatura, el poder de sentir el sufrimiento ajeno, eso puede salvarnos.
Camino personal
«Siento como si estuviera acercándome cada vez más a la luz con cada novela; como sigo viva, este proceso no ha concluido»
–De su literatura han dicho que es espiritual, pero no religiosa. ¿Se ve reflejada ahí?
–Sí… Cuando escribí este 'Tinta y sangre' estaba muy obsesionada con la astrofísica. Estuve más de cuatro años trabajando en esta novela, y durante el proceso leer libros de astrofísica se convirtió en una pasión. Para mí hay algo religioso ahí... Ya sea la religión o la astrofísica, el hilo conductor es la pregunta por el origen: es por eso que existe el sentimiento religioso. Y creo que sería bueno seguir aferrándonos a ese sentimiento, aunque vivamos nuestras vidas terrenales.
–En su discurso al recibir el Nobel dijo que cuando termina una novela ya no es la misma persona que cuando la empezó.
–Sí, eso es muy cierto. Llevo más de treinta años escribiendo novelas y si me comparo a cuando empecé siento que me he convertido en una persona mucho mejor. Siento que la escritura me ha convertido en un ser mejor. Cada vez que trabajo en una novela, de alguna manera la escritura me transforma, y no es extraño. El libro que menos tiempo he tardado en escribir me tomó un año y medio, y el que más, 'Imposible decir adiós', siete. Ese tiempo dedicado a pensar constantemente en un libro y a convivir con él te cambia. Es un viaje tan largo que el punto de partida y el destino acaban siendo inevitablemente diferentes.